Desertio Dei

Desertio Dei

Despertaronme los sonoros lamentos ubicuos de mis hermanos,

cubrianme profundas heridas y hallabame en un suelo extraño,

abiertos ojos lacrimosos pero ausentes las Divinas pupilas;

memento incompleto y fragmentos dispersos evoco de la Gran caída.

 

Mis alas rotas a la morada celeste ya más nunca me retornarán;

mi alma deshauciada se abrasa condenada a este exilio eternal,

y de cada poro brotan lágrimas incendiadas, de espesa sangre negra,

y de ellas cada gota se abre paso, dolorosa cual aguja hacia afuera.

 

Un enorme sol negro domina salvajemente los vastos cielos violentos,

fría y cruel es su luz muerta que inmola al tiempo que roba el calor del cuerpo;

y del cruento firmamento llueven arcángeles envueltos en tenebra y humo y fuego;

luchan fútilmente con las lenguas flameantes que los devoran por dentro.

 

Un intenso olor a azufre e incienso flota en el aire denso y aciago,

nacido de la carne quemada de la legión de ángeles despedazados;

penetra furtivamente en la tierra muerta, cubierta de halos calcinados.

¡Pobres y malditos somos hoy y para siempre los otrora salvos alados!

 

¡Expatriados de los Cielos y arrojados al averno en un revés del funesto hado!

Padre nuestro, si estás en los cielos, ¿por qué nos has abandonado?

 

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Amor inconcebible

Amor inconcebible

Se habían visto por primera vez esa misma noche, y cuando como por azar sus furtivas miradas se encontraron, todo el aire del lugar se electrificó. Toda la anodina gente a su alrededor desapareció y, como por arte de magia, ahora estaban ellos solos, bailando en la distancia al son de sus corazones, que latían como uno solo. Él caminó hacia ella como en un sueño, la tomó delicadamente de la mano y, sin decirse nada, salieron. En el trayecto al motel nunca las manos se soltaron ni medió palabra alguna, pues se hablaron sólo con el alma, tendida entre sus ojos, siempre fijos en las profundas pupilas del otro.

Con las ropas regadas por todo el suelo de la amplia habitación, se encontraban ya estos dos seres semejantes a los dioses en la antesala del Olimpo. El incendio del lecho fundió sus pieles entre firmes abrazos y dulces caricias de fuego. La necesidad se acrecentaba vertiginosamente, y entre el denso aire y la respiración entrecortada se les iba la vida en intercambio de profundos y cálidos suspiros convulsos. Tan próximas sus húmedas y sedientas bocas se respiraban el uno al otro entre espasmos de pasión que reclamaban la unión. Sí, sus excelsos cuerpos danzaban el uno sobre el otro como una viva llama, al ritmo de los estremecimientos incontenibles de intensa excitación que pugnaba por consumarse. Vibraban como la nota más sublime de la más perfecta composición de amor, y se tocaban el uno al otro creando el preludio de la más bella canción. Envueltos en una fina capa de sudor, sus cuerpos ardientes y desesperados desprendían un perfumado vaho, un sutil vapor. Aquel lujurioso infierno abrasador era ya insoportable, y el momento de entrar al cielo no podía esperar ni un segundo más.

Ella abrió sus hermosos ojos de pupilas dilatadas y lo miró. Él, con los ojos cerrados, recorría a la venus bebiendo ávidamente todo el néctar de su esencia. Entonces, en un hilillo de sensual voz, y con gran dificultad, soltó ella la tímida pregunta: “¿Trajiste protección, verdad?”. Él tragó con esfuerzo la saliva que le anegaba toda la boca y la miró con ojos desorbitados, sintiéndose morir.

Extrema unción

Extrema unción

Si consumada la última noche en nuestros cuerpos

te cantara mis penas y amargos lamentos

y añejadas lágrimas inundaran el valle

que yace en medio de tu perfumado pecho

 

Si ya no nos fuera a alumbrar un nuevo alba

o a encender un nuevo ocaso

Si el sol se ahogara para siempre

en la sangre coagulada de mi corazón ahora abierto

 

Si bebieras de mi el trago más amargo

y se arremolinara en torno a tu dulce lengua

mientras su regusto de hiel mi garganta anuda y aprieta

extinguiendo bajo esta bóveda de ébano de mí el último soplo

 

¿Me sostendrías tierna y firmemente mientras me abandona la vida?

¿Absolverías a mi alma indolente del pecado que es su esencia?

Si te revelara en final confidencia mi iniquidad antes de la muerte

¿Sería humillarme frente al amor y su último candor penitencia suficiente?

 

¿Derramarías entonces de entre tus suaves labios la palabra que todo lo cura?

Corazón caído

Corazón caído

Mi corazón penitente yace al fondo de un abismo oscuro

pues de mi pecho herido, sangrante y abierto, al vacío se ha caído

e inexorablemente he tenido que descender a la eterna negrura

y ahora en el fondo yazco con él, cuidando sus latidos

 

A este lugar no lo visitan nunca los rayos del magno dios sol

ni la argentina luz derramada de la melancólica luna puede llegar

tampoco a los luminosos astros he vuelto a encontrar en mi noche sin final

nada halla su camino hasta este mausoleo enterrado en soledad

 

El murmullo del viento no acaricia nunca este suelo

ni el fulgor del rayo ni el rugido del trueno jamás lo han estremecido

su oscuridad está hecha de las sombras de todos los corazones caídos

y nada se escucha más que los lamentos sufrientes, ritmados, de sus latidos

 

Atrapado en este fangoso lodazal amasado entre convulsiones y lágrimas

destino al cielo que ya no veo mis desesperadas plegarias

pues no hay infierno más tortuoso que yacer aquí abandonado al olvido

muriendo siempre pero nunca muerto, abrazado a mi corazón caído.

 

Sobre la aproximación al objeto en el arte y el psicoanálisis

Sobre la aproximación al objeto en el arte y el psicoanálisis

Un histórico puente colgante ha estado tendiéndose siempre entre ambas prácticas, lo que nos da a entender que comparten algo que las tornaría afines, aunque a primera vista arte y psicoanálisis son, por lo menos en apariencia, bastante dispares. Sin embargo, hay muchísimos textos muy doctos que buscan robustecer y apuntalar cada vez más este puente, y por supuesto que no son producto del azar, ni del ocio. Pero ¿qué tienen que ver el uno con el otro? ¿qué misterioso terreno en común los hermana? Creemos que, para aproximarnos a una intelección que resulte en algún modo fructífera, primeramente conviene interrogarnos acerca de cuál es precisamente el fundamento de la relación entre el arte y el psicoanálisis, cuál es su naturaleza y de qué manera ocurre. A partir de estas preguntas creemos oportuno hacer un modesto recorrido del discurso psicoanalítico para focalizar algunos de los puntos de contacto que tiene con las diferentes disciplinas artísticas. Y es a través de esta relectura, orientada lógicamente por una búsqueda de interconexión entre las prácticas, que nos planteamos la cuestión de la posibilidad de una estética psicoanalítica.

Volvemos a Freud, como corresponde en un primer paso, para encontrar en él una forma de interrogar al arte, pero no a la obra como tal en su vertiente más íntima y esencial de manifestación. Podríamos decir que utiliza al arte como una manera de recorrer y poner a prueba su corpus teórico desarrollado en otro contexto y para otras aplicaciones. Con esto nos referimos a que la estética que encontramos entre líneas en Freud es una aplicación del psicoanálisis y sus constructos teóricos. Es, en suma, psicoanálisis aplicado. Se comprueba al momento de dar cuenta que la metodología de análisis de la obra de arte se basa en la interpretación, la que implica un poder leer la obra a partir de suponerle un correlato de significaciones simbólicas, lingüísticas. Freud opera un palimpsesto sobre la superficie de la obra de arte. Trabaja como de costumbre, según la teoría del sueño, realizando una traducción del contenido manifiesto al latente, es decir se trata de descifrar aquello que Freud propone como mociones pulsionales reprimidas. Esta primera forma de estética psicoanalítica hallaría su raíz en la epistemología de la misma disciplina y se dedica principalmente a hacer una reflexión acerca de los conceptos de su corpus teórico rodeando la obra de arte pero sin focalizarse específicamente en ella. En resumen, utiliza al arte como una plataforma a través de la cual interrogar la propia teoría y no lo artístico en sí mismo. Freud se interrogaba a sí mismo, al artista, pero no al arte. Freud penetra en la realidad psíquica de artista, al precio de tomar la obra de arte como formación del inconsciente que nos reconduce a la otra escena. De esta manera la obra de arte viene a develar un sentido dentro de la teoría, se vale de la misma para dar validación a los nuevos conceptos que se plantean en la teoría psicoanalítica.

Por otro lado tenemos a Lacan, distante de Freud en este punto, que nos dice que aprendamos del artista en tanto que se nos adelanta y allana el camino de nuestra práctica. Nos entrega todavía otra fórmula en la que indica no aplicar el psicoanálisis al arte, sino el arte al psicoanálisis. Y ya podemos empezar a percibir la diferencia. En la estética que se destila de los postulados de Lacan ya no se opera una traducción-interpretación del arte ni se lo interroga buscando que revele algo latente merced de nuestras interpretaciones. Tampoco  hay un interés por descubrir algo de lo reprimido o lo fantasmático del artista, sino que lo que buscamos son algunas luces arrojadas sobre aquello que nuestra teoría aún desconoce. Hay en Lacan una intuición de que el arte puede enseñar al psicoanálisis acerca de la naturaleza de su objeto. Y es por ello que hay que interrogar al arte y dejarnos interrogar por él para aprender, pues encierra un saber del cual ya podemos adelantar que es un saber-hacer. Qué es lo que sabe? Qué es lo que hace? Intentemos dar una respuesta empezando por los puntos de contacto y afinidades del psicoanálisis y el arte.

Siguiendo por el camino anteriormente propuesto, primeramente es preciso llamar la atención acerca de la relación que encuentra el psicoanálisis con la literatura, lo que hace este punto naturalmente más permeable para nuestra disciplina. Se vinculan debido a su familiaridad con la palabra y sus  usos, máxime si hablamos de poesía. Someramente podemos decir que la poesía comparte un saber-hacer más específico con el psicoanálisis en tanto que homólogamente tratan a la palabra como aquello que dice y calla al mismo tiempo. Lacan decía que ambas ejercen una violencia al uso instituido del lenguaje que se erige como ficción montada sobre un vacío; el psicoanálisis y la poesía apuntan con un medio decir a este vacío, a esta experiencia de vacío, precisamente violentando el lenguaje instituido que parte de él. No se trata de nombrar al objeto sino bordearlo, ya que es este un imposible  que se encuentra por fuera de la cadena significante.

Reteniendo lo anterior y retornando ahora a la cuestión del arte en general, nos tomaremos la licencia de adicionar que Steiner decía que es precisamente la posibilidad de cierta ausencia la que otorga la fuerza a la obra de arte, mientras que Borges, al respecto, opinaba que probablemente lo verdaderamente artístico es un querer decir algo que guarda relación con una inminente revelación que al final no se produce. Es el artista, entonces aquel que desnudará al objeto desprendiéndose del aspecto material del mismo para así dejar entrever la nada detrás de la que se encubre todo. A través de la mostración de la obra, lo que nos revela es un vacío. Sin duda podemos empezar a dar cuenta de  que de lo que aquí se trata es del encuentro con un objeto, pero en tanto que es un objeto perdido, ausente. No se trata, entonces, del objeto, sino de su vaciamiento.

Ahora bien, si el arte encierra en sí mismo el secreto de la posibilidad de un encuentro, diremos con Lacan que ese encuentro refiere a lo Real en tanto que más allá y más acá de lo simbólico. Y por lo tanto estamos de nuevo frente a la cuestión del saber y el límite, y en este punto podemos marcar, siguiendo la lógica de Nietzsche, que ante los límites del conocimiento del orden de la episteme, ese agujero en el saber del hombre moderno y científico, cada vez más evidente, sólo es posible avanzar a través del arte como forma de sabiduría que se constituye así, entonces, en el último y verdadero fin supremo. Su capacidad de atravesar ese límite estará en relación a su posibilidad de mostrar la manera en que una época oculta el das Ding. Sólo a través del arte y su potente luz podemos entrever algo de la Cosa, siempre oculta detrás del velo. Algo de ello reconoce seguramente Lacan al exhortarnos a aprender del Artista.

Dicho todo lo anterior, no podemos obviar que el arte es esencialmente una actividad del orden de la sublimación, como también lo son la ciencia y la religión. Esencialmente son las formas que tiene hombre de arreglárselas con el vacío, lo cual es, verdaderamente, una oportuna definición alternativa de sublimación. Entonces pertenecen a un mismo registro, en tanto que guardan particulares relaciones con el vacío; sin embargo, lo que verdaderamente interesa es la relación que guardan con el mismo, pues es ahí donde radica la diferencia. Lo fundamental es que mientras que la religión niega el vacío y la ciencia lo obtura, el arte lo organiza. Dice Lacan que “todo arte se caracteriza por cierto modo de organización alrededor de un vacío”. Y es esa organización del vacío la que permite un encuentro más allá del automaton, un encuentro del orden de la Tyche.  Es en este punto fundamental donde radica el saber hacer del artista, saber hacer que tiene efectos de creación.

Se propone así una posible conexión clínica entre el arte y el psicoanálisis. Desde el modo de hacer con este imposible de escritura, con este real que no cesa de no escribirse. ¿Dónde radica el quid de dicha analogía artista-analizante?  En el síntoma, que resguarda esta fidelidad a su envoltura formal, como lo propone Miller, cuando dicho síntoma se invierte en efectos de creación. Cuando se concibe que el sujeto ya no es hablado por su síntoma como un mero poema, desde su pasividad de ser hablado por el Otro, sino cuando el sujeto se convierte en un poeta, que viene a ilustrar con su síntoma su manera de gozar ¿acaso no es en esta creación donde el sujeto encuentra una manera de hacer frente el vacío? Así el analizante y el artista comparten una estética, que está muchas veces más allá del significante y que es la encargada de bordear el vacío que produce la falta en ser.

Ya no se apunta a la causalidad del significante y sus efectos de significación, sino que en esto el psicoanálisis enaltece al arte y su manera de aproximarse a lo real. Se trata bajo esta lógica de despojarse del argumento, que es otro de los modos que tiene el sujeto de obturar el vacío, y apuntar así al sin-sentido, ya que, en cuanto a lo concerniente al vacío, siempre se trata de hallar un modo de transmitir eso indecible, inefable. Puede de esta forma pensarse el analizante como el artista, en tanto creadores de su propia obra de arte, su síntoma.

Si se hipotetiza que el analizante en el dispositivo analítico puede tener puntos de proximidad con el artista, también esto puede conducirnos a la pregunta por su par significante, y ya que no hay analizante sin analista ¿hay artista sin espectador?  El punto en el que convergen ambos es en la agudeza para captar la sutileza con la cual se devela el objeto, el vacío. En ambas variables se trata de dirigirse a un buen entendedor, como lo plantea Erik Porge cuando propone que el sujeto en análisis habla a “la cantonade” .Al igual que para el artista de nada vale la comprensión universal, para el analizante tampoco, sino que, entre menos a la vista está, mayor es la aproximación que estos consiguen dar a lo real en cuestión.

 

*Ensayo de disertación. Con la colaboración de mi gran colega, A.B.

Maneras de identificar a un cobarde

Maneras de identificar a un cobarde

Hoy vamos a intentar dar algunas pistas acerca de cómo darnos cuenta de que estamos frente al famoso y no tan fácil de reconocer cobarde. Para esta tarea, resulta propicio hacer notar al lector, o recordarle, algo básico pero que a veces uno puede no tener tan presente: que se conoce al árbol por sus frutos y se conoce a la persona por sus hechos. Por lo tanto sabemos que no es prudente dejarse llevar por las palabras que gotean de cualquier lengua. Llamamos la atención sobre este asunto, no ociosamente, debido a que la gran mayoría de los cobardes, en principio, tienen gran habilidad con la lengua. Diríase que en ella se concentran todas las habilidades que no poseen en ningún otro aspecto de la vida, puesto que también es menester notar que el cobarde es generalmente un inútil en la vida. Así es que entonces no es prudente distraerse en las bellas apariencias que lucen las paredes de los laberintos discursivos que erigen estos prodigiosos dédalos del subterfugio. Entonces, (y aquí es donde empezamos a tomar nota) la primer pista de que estamos ante un cobarde es que su lengua bífida e infecta sólo reza mentiras, justificaciones falaces y excusas lamentables que suelen estar bastante bien construidas, por lo que a veces puede llegar a convencer y todo. Así, pues, no hay que dejarse engañar por la palabra del cobarde, porque es esencialmente mentiroso.

¿Pero entonces cómo nos damos cuenta de que el tenemos en frente es un cobarde, si siempre engaña? Hay que admitir que es ciertamente dificultoso, dado que a primera vista el pobre infeliz puede parecernos sincero por una extraña particularidad: ha mentido tanto para sobrevivir que se ha convertido en su propia mentira, y no sólo la cree verdad, sino que la termina convirtiendo en una especie de religión privada y personal, la vive, y así nosotros podemos terminar por creerle también. El cobarde rinde culto a la mentira, a su propia mentira, con el mismo fervor e intensidad que el valiente a la verdad. Pero, otra vez, no nos dejemos engañar como incautos, pues la mentira marca su rostro y se la puede ver si uno observa detenidamente: se la halla entre sus pliegues, en la comisura de su falsa sonrisa de cotillón, en las pupilas indolentes al resguardo de unos párpados inquietos.  El problema es que por lo general no nos es posible verla hasta que ya es tarde, porque esconde su rostro bajo las máscaras mas apacibles, y cuando finalmente nos salimos del letargo y los desenmascaramos ya sólo podemos ver su espalda, porque, luego de inflingirnos la afrenta fatal, inmediatamente ya se halla corriendo despavorido, exudando miedo y veneno infecto por cada uno de sus inservibles poros. Y probablemente ya no lo volvamos a ver; he ahí una especie de buena noticia, o al menos un pueril consuelo.

Continuemos con nuestra tarea ahora afirmando categóricamente que, de entre los seres despreciables, el peor desperdicio de piel y carne débil es el cobarde. Esta descripción podría parecer un tanto excesiva, pero no lo es, sobre todo si observamos que usualmente, y esto es lo crucial, el cobarde se revela como tal en el peor momento: cuando verdaderamente lo necesitamos. Basta con exigirle una tibia muestra de resolución y consecuencia de hechos con sus palabras para que se le caigan las máscaras y nos enseñe su patética espalda huesuda y lastimera. Y, en este punto, a propósito de lo anterior, nos es no menos que conveniente marcar que generalmente uno no se los encuentra de frente y a su altura, sino que tropieza con ellos, dado que siempre andan reptando, arrastrándose como gusanos por los senderos que recorren los valientes, de suerte que otra vez sólo vemos su maldita espalda, sólo que ahora desde arriba.

Por ende, considerando que lo que más se le ve a los cobardes es su espalda, tenemos mejor oportunidad de estudiarla y extraer pistas a partir de ella. Será, pues, nuestro objeto de estudio preferencial en este asunto. Hay dos detalles que podemos hacer notar de ella muy rápidamente. El primero es que su espalda está intacta, sin herida ni rasguño alguno, perfectamente sana. Esto se debe, principalmente a que los cobardes son los soldados que huyen siempre, pero que no sirven en ninguna guerra. El segundo detalle característico es que siempre llevan una mano atrás, generalmente la izquierda, pegada a su maldita espalda. Suele ser la izquierda porque la mano derecha la tienen suelta y reservada para prestarnos falso juramento o testimonio cuando les es necesario. Ahora bien, un examen exhaustivo y más detenido nos revela que siempre llevan en la palma de la mano apócrifa un puñal. Y numerosos y rigurosos estudios revelan que el traicionero puñal siempre está cubierto de sangre, sin excepción. Muchas veces, también, se ha observado que la mano escondida que lo ha de sostener también se encuentra manchada con sangre mal lavada. Pero lo más sorprendente es que siempre resulta ser la misma sangre, o más bien el mismo tipo de sangre: sangre de un valiente.

Pero ¿cómo puede ser? si el cobarde siempre es una pobre víctima de las circunstancias, el mundo, la ocasión, etcétera. Eso es ,al menos, lo que el bastardo vende. Pero como ya habíamos resaltado anteriormente, cuando se trata de lo que nos muestra o nos dice el cobarde, siempre se trata de mentiras y embustes. Entonces, visto lo visto, ahora podemos decir con completa seguridad que el cobarde vive como víctima, gime como víctima, se pone de rodillas como víctima, se esconde como víctima, pero, paradójicamente, su más oscuro secreto es que es un victimario por excelencia. Está disfrazado, es el lobo revestido con piel de oveja ideal. Y ahora viene el hallazgo que realmente conmociona, y éste es que la víctima del cobarde es el valiente, siempre, todas las veces. Y eso nos lleva a otra conclusión correlativa: entre cobardes no hay traición. Son como una patética hermandad de estúpidos seres rastreros, lastimeros y endebles que se compadecen unos a otros, que se consuelan unos a otros. Entre todos ellos disfrutan de banquetes de autoindulgencia y autocompasión, orgías de lástima por ellos mismos.

En fin, y volviendo a lo que nos compete, resulta que las estadísticas comprueban sin sombra de duda que el grueso de los valientes mueren a manos de cobardes, por inverosímil que parezca. Porque verdaderamente parece una locura que el gusano mate al león, pero si lo pensamos apoyándonos en la lógica no debemos dejarnos sorprender por este hecho. Observemos que demográficamente es mucho más probable cruzarnos con uno de los infames insectos cobardes que con un majestuoso valiente. Son, sin duda, amplia mayoría. Y teniendo en cuenta que atacan a traición, agazapados en la sombra de la confianza, y que luego huyen, ya no es tan increíble que tantos valientes hayan muerto sin ver venir la mano artera que ascendía potenciándose mortíferamente a sus espaldas para darles la estocada sangrienta y mortal directa al corazón. Así también se muere el más fuerte y noble de los hombres por el ataque de una mísera bacteria que se nos antoja invisible sin los instrumentos adecuados para verla.

Pero no hemos de detenernos aquí en nuestras indagaciones, pues todavía hay más. Y es que a pesar de sus crímenes y reincidencias recalcitrantes, muy pocas veces llegan a ser atrapados, tanto como casi nunca ¿Por qué nunca son atrapados? Porque es difícil ¿Por qué es tan difícil? Muy sencillo: porque una vez perpetrado el crimen contra la virtud y la carne del portador de la misma, convierten la huida en un estilo de vida y ya no es posible hallarlos jamás. Pero no nos lamentemos completamente de su  súbita e inexorable desaparición. Primero porque el lamentarse es una característica de ellos y lo último que queremos es parecernos, y segundo porque esta necesidad de huida perpetua es también su condena. Su castigo inamovible es una vida a la sombra de los valientes, esquivando miradas y ocultando su horrible y triste rostro. Adoptan las sombras como su nueva patria y pronto terminan despojados de toda humanidad y ya no queda más nada; se han de convertir en una sombra, en la sombra de su mentira.

Finalmente identificamos, ahora sí, al cobarde. Recapitulemos. Primero se nos hace pasar como alguien que nos es caro, querido, afable, leal, etc. Pero no es así, pues miente, claro está. Luego resulta que nos traiciona a la menor señal de peligro o compromiso. Y entonces nos hiere con el puñal escondido cuando creíamos que caminaba con nosotros hacia el futuro, cuando creíamos que nos acompañaba y nos seguía hacia un mañana prometedor. Aprovecharemos este punto para dar un pequeño consejo práctico al respecto, porque no podemos dejar de insistir en que nunca hay que darle la espalda a un cobarde, ni por un segundo. Seguimos con la recapitulación: cuando estamos caídos y sorprendidos por la herida, huye dejando un rastro de nuestra propia sangre que lamentablemente se pierde. Y ,finalmente, lo más probable es que no lo volvamos a ver.

Pero si tenemos alguna vez la oportunidad de volver a verlos en alguna vereda o algún camino que nos vuelve a reunir como por azar, lo reconoceremos porque nos esquiva la mirada y espera que no lo reconozcamos, embargado por la justa vergüenza que acarrea por ser lo que es: un cobarde. La condena final del cobarde, la pena capital es esa: nos temerá siempre, constantemente. Hasta en nuestra ausencia y hasta cuando duerma.

Chocolates

Chocolates

Volvía de comprar chocolates en la tienda que se encontraba a unas pocas cuadras de su casa. Era de noche y hacía frío. Si hubiera sido por él seguramente no hubiera salido. Es más, ni siquiera se hubiera acercado a las ventanas de su departamento. No le gustaban las ventanas. No es que no le gustaran las ventanas en sí mismas. Le molestaba la vista. No porque la vista fuera mala. El problema es que había una vista; que hubiera un afuera lo sacaba de quicio. A veces sentía que el afuera lo miraba a él a través de la ventana y eso lo perturbaba gravemente.

A veces no podía dormir pensando en el afuera. Justo esa misma noche había tenido una pesadilla en la que no podía volver a entrar a su casa. La puerta no abría y estaba atrapado del lado de afuera, con las calles llenas de gentes insípidas que se sucedían unas a unas a otras por las veredas, anegándolas, contaminándolo todo como una peste maldita. Todos lo miraban con ojos amenazadores y él a todos veía. Se había despertado sintiendo que algo apretaba su cuello y oprimía su pecho. El horror y la angustia, fatídicos residuos del sueño, anudaron su garganta y no pudo hablar durante largo rato. Ahora, mientras andaba tiritando en la oscuridad trataba de no pensar en esas cosas.

Siguió caminando y de pronto recordó que el hombre que atendía el negocio tenía la camisa arrugada, pero no recordaba su rostro ni su voz. Así solía ser la gente en sus pesadillas. No tenían rostro ni voz, sólo ojos. Así era la gente que caminaba a su lado. De pronto sintió que una tenue desesperación empezaba a florecer en sus adentros. De verdad que él hubiera preferido no ir a comprar chocolates, porque ahora el afuera era algo más que insoportable, ahora el afuera se revestía de un siniestro carácter mítico que él intuía revelable; en el aire viciado flotaba una clave invisible. La camisa arrugada de aquel hombre en el negocio lo había incomodado profundamente. Pensó que ese hombre trataba de decirle algo, un mensaje importantísimo. “Pobre hombre, trabajando en esta noche fría; su mano gastada me daba los puchos para fumar y yo sentía pena por su vida, por no tener una camisa planchada que ponerse. Supe en ese mismo instante que con toda seguridad era culpa de su esposa. Esa desvergonzada mujer infame, incapaz de planchar la camisa de su marido. Las cosas que hay que ver”, se dijo para sus adentros mientras trataba de descifrar lo que significaba la camisa arrugada y la sombra que crecía rápidamente dentro de él, detrás de sus ojos.

Pero el frío le molestaba cada vez más. Se le iba filtrando por los poros y ya lo empezaba a sentir en sus huesos, así que apuró el paso. Vio una mujer vestida de monja en la ventana de un edificio que lo estaba observando fijamente. Era una mirada punzante y extraña, muy extraña. Torció a la derecha en la esquina para sacarse esos ojos de encima. En la próxima cuadra se cruzó con una prostituta. Cuando pasaba presuroso a su lado vio que también lo miraba fijamente. Inquieto la sobrepasó tan rápido como pudo, y cuando la tuvo a su espalda le pareció oírla llamarlo por su nombre. Primero le pareció, dos pasos después estaba completamente seguro. Se volvió hacia donde estaba y no había nadie.

Confundido y desesperado cruzó calles y cuadras hasta llegar a un pórtico. Allí se detuvo consternado, casi sin aliento y con los ojos desorbitados. Después de haber caminado presurosamente entre otras varias mujeres mal maquilladas y de aspecto enigmático en aquel tortuoso calvario nocturno, supo que, por fin, ésa era su casa. Hoy el afuera había resultado peor que otras veces, más terrible, familiar y extraño, como las personas en los sueños. Pero ya estaba allí, en el pórtico que sabía era el pórtico de su casa. Adentro lo esperaban el calor de lo propio, de lo ajeno a todos menos a él. Esa era su casa y quería entrar en ella. Subió un par de escalones, no le gustaba la nueva pintura de la puerta. La detestaba, como a las mujeres que lo miraban fijamente por la calle, como a las camisas arrugadas, como a las esposas que no cuidaban a sus esposos, como las madres que no cuidan a sus hijos.  Rogó en su fuero interno que no ocurriera ahora con la puerta lo que en el sueño que había tenido. Giró el picaporte como suplicándole y el pestillo cedió. Entró.

Una vez adentro, supo instantáneamente lo que tenía que hacer. Estaba imbuido de una misteriosa y férrea determinación. Una revelación de la intuición que resonaba en su cabeza se hacía cada vez más clara. Como si un montón de voces inconexas que balbuceaban de pronto se hubiesen puesto de acuerdo para hablar al unísono, un coro de demonios cantaban la verdad sólo para sus oídos. Y entonces lo entendió. Las voces como una demanda inexorable daban una orden inapelable. Se dirigió hacia el sótano de la casa. Buscó en la gaveta de un viejo chiffonier y extrajo de ella un revolver calibre .38. Estaba cargado. “Mamá siempre decía que las armas debían estar siempre cargadas. Mujer sabia, si las hay”, pensó. Se resolvió a subir las escaleras para entrar a su habitación.

Su corazón bombeaba como nunca cuando entró a la habitación estrepitosamente. Su mujer se despertó sobresaltada y encendió el velador de la mesita de luz. Vio a su marido sosteniendo el arma, apuntándole a ella. La orden era clara, era un deber, una obligación. El sonido de una explosión lleno la recámara. Un fuerte aroma a pólvora, un último aliento y las sábanas que se teñían del color de las rosas; rojo sangre, pasión y furia corría por el tejido, devorando la blanca pureza que otrora ostentaba. Tiró los chocolates sobre el cuerpo inerte de su mujer y contempló su obra. “¡Arte! ¡Revelación! ¡Verdad!” gritó a la ciudad durmiente desde la ventana mientras se desnudaba. Luego se sentó sobre la sangre, que todavía estaba tibia, y la sintió contra su piel. Sonrió. Escuchaba la caótica música de los sátiros en sus oídos, los gritos, las órdenes. Entonces hubo otra explosión, y con ella callaron las voces.

Y es que a este hombre no le molestaban realmente las camisas arrugadas, o las mujeres de la calle que lo miraban. En realidad tampoco le molestaba su esposa. No hay explicación para este tipo de cosas. O al menos eso fue lo que el inspector le dijo al pequeño cuando lo sacó de la habitación de sus padres para llevárselo a la estación. A lo mejor, quién sabe, simplemente son cosas que algunos hombres hacen después de comprar chocolates.