El sexto sello

El sexto sello

Y seguí viendo. Cuando abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto; y el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre,

 

y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos verdes al ser sacudida por un viento fuerte;

 

y el cielo fue retirado como un pergamino que se enrolla, y todos los montes y las islas furon removidas de sus asientos;

 

y los reyes de la tierra, los magnates, los tribunos, los ricos, los poderosos, y todos, esclavos o libres, se ocultaron en las cuevas y en las peñas de los montes.

 

Y dicen a los montes y las peñas: “caed sobre nosotros” y ocultadnos de la vista del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero.

 

Porque ha llegado el Gran día de su cólera y ¿quién podrá sostenerse? 

 

 

Apocalipsis, 6, 12-17
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Dios es un espantapájaros

Dios es un espantapájaros

El alma del hombre es vasta, espaciosa, fértil, como un campo silvestre e indómito, como extensas llanuras de existencia inmaterial, que se cierne y se desdobla al modo de ondas expansivas etéreas, teñidas de aurora boreal que encuentran su origen en las explosiones que aportan incansablemente los sentidos. Cada semilla plantada en su suelo extiende dolorosamente sus raíces, se abre paso en la tierra pugnando por acercarse lo más posible al núcleo palpitante de la esencia que es, que se es. Algunas de ellas dan flor y belleza, otras dan árbol y fortaleza, otras dan hierba y maleza, otras mueren sin tregua.

El ser se desempeña ávidamente en las planicies y accidentes del alma como un agricultor arrojado a vigilar y dar abrigo, a velar por la naturaleza y el cultivo de sí mismo en sí mismo, por sí mismo. Pero la cosecha, como tal que es, no está nunca libre de amenazas. En la exploración y el cultivo de la virtud siempre hay obstáculos y dificultades que a veces se tornan casi imposibles de sortear si no se cuenta con el aplomo necesario y la voluntad clara y bien entrenada, diligentemente orientada. Es fácil advertir, por ejemplo, que los vicios del alma se pasean por nuestros cielos interiores y metafísicos, cual pajarracos infames, cual cuervos abyectos. Por nuestros suelos íntimos e intangibles se arrastran las alimañas pervirtiendo nuestras virtudes y poniendo en jaque nuestro duro trabajo y sus frutos. Nos ponen en jaque a nosotros, y ya nos encontramos cerca de perder la partida.

Cultivarnos es una tarea ardua y poco glamorosa, a veces monótona, a veces caótica, siempre un esfuerzo constante, un esfuerzo cortante, una tormenta incesante. Por ello, es lo más común encontrarse con quien no quiere hacerse cargo de sus acres espirituales, hay quien no quiere ocuparse de que el suelo no se vuelva infértil, hay quien no quiere labrar sus tierras internas pues tiene aires de terrateniente ocioso. Pero resulta que estos presuntos y pretenciosos patrones no logran pesquisar que no es posible transferir el trabajo del alma a peones ni auxiliares, además de que quien quisiera hacerlo, no sólo es mezquino, desconsiderado e irresponsable consigo mismo, sino también holgazán y pobre en sus adentros. Tampoco es posible hallar chivos expiatorios. Para quién no cuida de sí no hay indulgencia alguna y empieza a labrarse su propio limbo purgatorio.

Así las cosechas del ocioso se van muriendo y también los suelos, y las semillas, que ya no crecen, dan lugar a la pobreza del ánimo y la ignorancia que degenera en miedo. Y la pasividad pronto se torna inmovilidad, parálisis, estado vegetativo y pupilas vacías, corazón desfalleciente y mente nublada, vacía. La parálisis pronto da paso a la muerte, la peor de todas, la muerte en vida, fruto de un refinado arte en el suicidio paulatino y cotidiano, la pérdida progresiva, luego absoluta, de la sensibilidad y la propiocepción. Llama la atención especialmente el hecho de que pareciera que no hay nada que temer, pues de todas maneras está a la vista que lo más difícil y arriesgado es vivir, desarrollar conciencia plena, reinventarse recalcitrantemente a partir de ella y así crecer para alcanzar aquellas cosas que están por encima y por delante de lo que hoy somos. Eso es lo peligroso, vivir. La mayoría sólo existe, sin necesariamente estar realmente vivos. Sin siquiera quererlo, sin siquiera saberlo. Es así como pasan de ser los dueños y señores del vasto territorio de su ánima a ser unas pobres imitaciones de lo que podrían ser o lo que podrían haber sido. Han devenido hombres de paja crucificados en el centro de su propia alma marchita, son réplicas de su personalísima mala fe. Ya no mandan en su corazón, ya no controlan su destino, ya no piensan con sus pensamientos, son mirada ausente y sonrisa cosida, inmotivada, inopinada, maltrecha y estropeada.

Entonces, pudiendo ser dioses, eligen ser espantapájaros y, más temprano que tarde, como presa de un cáncer irrefrenable, la cosecha muere inexorablemente. La hiedra se extiende por doquier, la mala hierba cubre el poco suelo, ya negro, que no se ha desertificado aun en su interior. La metástasis avanza. Las alimañas arrasan, los cuervos destruyen, las sombras devoran toda fuente de luz y la oscuridad reina en el nuevo desierto del ser que ya no es. La morfina ya no funciona, el opio ya no sirve. La erosión del espíritu que los habita los sume en un letargo sufriente y cómodo, como el de quien piensa que bajo las profundas aguas más oscuras del Ponto puede respirar y se ahoga sin darse cuenta cómo sus pulmones colapsan violentamente y le van dando muerte mientras se apagan todos los sentidos, hasta que ya no hay explosiones, hasta que el llanto del cielo de su fuero interno se convierte en un diluvio que se traga la tierra que nunca aprendieron a cuidar, que no supieron valorar, que no se dignaron a respetar. Y por fin, en su último aliento sólo habita un sordo e infinito dolor, un arrepentimiento fútil. Ya es muy tarde para volver a reinar y crear. Ya es muy tarde para volver a ser Dios.

De la Iglesia y el Estado

De la Iglesia y el Estado

A partir de 1994, con la Reforma Constitucional, se disuelve en este país toda cláusula referente al patronato eclesiástico que se mantenía vigente de forma meramente formal. Fue una tentativa de resolver los conflictos entre la religión y el Estado que se dieron a lo largo de toda la historia argentina. El conflicto institucional hallaba su raíz en diferencias específicas como, por ejemplo, la rebeldía institucional del Estado frente a la Iglesia, que le exigía una servilidad más o menos cordial, un sometimiento voluntario y fiel al orden Divino, evidente lastre de las corrientes de pensamiento y culto católicos que imperaron en la edad media y el renacimiento. Pero sucede que para que puedan venir todos a ser libres en este suelo, este suelo debía conservar un respeto a la libertad de culto. Por lo tanto, hoy, más o menos, la novela ha llegado al punto del divorcio formal Iglesia-Estado, que no es nada nuevo. “Al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”, ya lo pregonaba el mismísimo Jesucristo.

La laicidad del Estado se enmarca en el proceso de secularización característica de la modernidad. Lo secular es la jurisdicción del Estado, es su territorio. Pero una separación formal no es equivalente a una separación de hecho, pues de hecho que el poder de la Iglesia languidece en nuestra época más que nunca, pero sin embargo su poder sobre los asuntos del pueblo está lejos de desaparecer. Esto encuentra su causa en lo que algunos historiadores han dado en llamar el “mito de la nación católica”. Se excluyeron los poderes de la Iglesia de los mecanismos instituyentes e instituidos oficiales del Estado, pero, paradójicamente, al ser borrada de los papeles, la Iglesia devino influencia invisibilizada. El poder político de la Iglesia se desdibujó, pero no desapareció de la esfera privada ni pública. Precisamente, es la laicidad del Estado devenida neutralidad-pasividad la que permitió que la Iglesia tome poder extraoficial ilimitado, irregulado, desregulado. La falacia de la institución eclesiástica se filtra aún hoy en las grietas de los corazones y las mentes de gran parte del pueblo, y no hay nada que la controle, nada que la acote. Decía Foucault que el orden de los Estados no tolera el desorden de los corazones, y es en ese punto que la Iglesia, presta, aparece para redimir y salvar a los hombres. El Estado, al no pronunciarse de ninguna manera frente a la cuestión del culto del pueblo, vende como libertad la mera inoperancia inopinada y concreta sobre la cuestión, y la Iglesia se abrió paso por los inescrutables caminos que dejaron los vacíos institucionales.

También es cierto que el proceso de secularización mundial tuvo un fuerte impacto sobre el poder y alcance de la Iglesia, pero en nuestro país conserva, de todas maneras, una influencia indirecta, más o menos apócrifa, muy superior a la de cualquier otra religión o institución cultural. Se arroga funciones sociales y opera bajo el disfraz de la ayuda humanitaria y otros servicios, con lo que mantiene un prestigio nada despreciable a los ojos de gran parte de la población y la opinión pública. El mito de la nación católica desfallece junto con la Iglesia a partir de mediados del siglo XX, pero se niega a extinguirse del todo. La caída del poder eclesiástico en nuestro país es consecuencia de un proceso arraigado en el espíritu de la época. El apoyo directo e indirecto de la Iglesia en la represión y cercenamiento de las libertades y los derechos del hombre ha estado reverberando en la conciencia de los hombres desde antes de la Revolución de Francia. Hoy presenciamos cada vez más los efectos de repudio que estallan en el pueblo frente a los ecos recalcitrantes de los gritos de guerra, los llantos de los abusados y las protestas de otras víctimas de los innumerables crímenes perpetrados por los hombres en nombre de Dios. De la mano de la historia de sus fines y el obrar de sus autoridades encarnadas, la Iglesia cae hoy por su propio peso en oro, lágrimas y sangre.

Ahora bien, ¿qué decir del Estado? el Estado también acumula oro, también hace verter lágrimas y también hace manar sangre a los hombres que sujeta y tritura con sus destructivos brazos institucionales. Se ha hecho siempre con el monopolio de la violencia, vigilando y castigando, sancionando y “habilitando”. Controla la vida del ciudadano a tal punto y desde tantos puntos que el animal político del que hablaba Aristóteles ha devenido mascota política en las jaulas instituidas por la por la propia violencia institucional que siempre está presente, cualquiera sea la institución. Dios Divino y Dios Estado, dan igual. Esclavos de la moral, la Iglesia o el aparato estatal impuestos, es esclavitud igual. Marx decía que “el gobierno del estado no es más que la junta que administra los negocios comunes de la clase burguesa”, o sea que el Estado no es más que la suma de todos los privados, y todo lo privado implica propiedad. La operación insidiosa del Estado en resguardo de la propiedad y los virtualmente insondables intereses económicos implicados ha hecho que los libros de historia se desborden e inunden de páginas que versan de estados tiranos, en todas épocas, en todo lugar. El Estado es una formación resolutiva del conflicto entre los intereses de las clases sociales, pero que privilegia a una sola. Su función represora y negativa es tan conocida que es legendaria, se ha vuelto sello de identidad. La ley y sus brazos esbirros golpean sin parar a cualquier ego subversivo en pos de conservar el orden jerárquico sostenido por la ideología y la superestructura que se yergue más allá de las personas que se hayan bajo su yugo aplastante.

El gobierno es gobierno y lo que hace es gobernar, gobernarte ¿El gobierno necesita a sus gobernados o los gobernados al gobierno? ¿Qué es mejor, izquierda o derecha? “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la “hemiplejía moral”decía Ortega y Gasset. De un extremo al otro, oscilando como un péndulo entre la tesis y la antítesis hegeliana se ha caído incontables veces en el gatopardismo de cambiarlo todo para que todo vuelva a ser lo mismo. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, un paso tras otro vas con los pies engrilletados y los ojos llenos de fatalismo mirándote el ombligo antes de caer al abismo. Estado benefactor ¿benefactor de quién? “Social”-¿democracia? ¿Capitalismo neoliberal salvaje y foráneo o moderado de industria nacional y popular? Gobierno y Estado te someten ¿A quién le vas a votar? ¿Al diablo de rojo o de blanco, al de amarillo o el de azul? ¿Qué modelo quieres que te gobierne la vida? ¿De qué color te gustarían tus cadenas? ¿Democracia “representativa” o “participativa”? ¿Dictadura del proletariado y de los trabajadores o de la burguesía, la oligarquía y la aristocracia? ¿Que qué digo yo? Yo digo no, gracias.

Dos y el mundo

Dos y el mundo

Siempre estás lejos, pues mientras más te acerco, más te alejas. Siempre estás cerca, pues mientras más me alejo, más te acercas.

Siempre te encuentro al final del camino, al borde de mi abismo, en mis caminatas noctámbulas sin destino fijo, y entonces me desencuentro y me ensimismo.

Siempre faltas porque siempre, siempre estás, y en tu ausencia de nieves eternas, sempiternas, a veces, estás aún más.

Siempre te olvido sin querer, sin poder, porque siempre yerro por los senderos grises que llevan al mausoleo de mis recuerdos del ayer, de aquella vez que nunca fue, que nunca va a volver a poder ser.

Siempre, apenas me encuentro dormido, te tengo conmigo en mis sueños más vívidos, ya sin velos raídos ni fuegos encendidos, completamente consumido.

Siempre abro los ojos y estás ahí como una sombra pura, mirándome. Los vuelvo cerrar y ahí estoy yo, como una herida desnuda, mirándote.

Siempre mis plegarias, lanzadas a los vientos huracanados de la existencia, en su esencia se han perdido, pero encontraron un destino reconstruido, en forma de susurros y albor de los sentidos, ascendiendo lentamente por los lóbulos de tus oídos.

Siempre que me extravío, camino distraído por la galería de nuestros paraísos perdidos, donde te encuentro para que me devuelvas los sentidos que habías abolido, derruido.

Siempre te adoro, te amo, te odio, te escupo, te maldigo y camino, para no encontrarte nunca más en mi camino, pero resulta que le doy la vuelta al mundo para terminar tropezando de nuevo contigo, por venir mirando atrás, para ver si venías conmigo.

Siempre le doy vueltas a este mundo, recorro su circunferencia eterna desplazándome por la línea curva que siempre cierra el mismo círculo, el mismo nudo.

Es que este mundo parece grande, interminable, pero es minúsculo, y es que somos errantes deambulantes en un micromundo inefable, compuesto de círculos aláteres que, así dispuestos, innumerables, dan la sensación de que seguimos vivos, aunque nuestros corazones ya no laten y nos deshacen.

Este, nuestro mundo, es una urdimbre de círculos viciosos donde nosotros somos el Diablo y  también somos Dios, sólo cabemos nosotros dos. Y es que somos los últimos, los únicos, pues sólo esto es el Mundo: sólo tú y yo.

Sobre la hiperabsorbencia y su desperdicio

Sobre la hiperabsorbencia y su desperdicio

Una de las características más interesantes del ser humano es la de poder aprender de la realidad que vivencia, lo que le confiere la increíble posibilidad potencial de modificarla constantemente, transformarla activamente a partir de lo que pueda comprender de ella. Lo logra mediante una dialéctica interactiva y asaz dinámica de incorporación mixta de los datos racionales que elabora el espíritu crítico y la empirira de las experiencias sensibles provenientes de la experimentación efectiva de la realidad, que serán incorporadas y metabolizadas por el espíritu, que a partir del momento de la construcción del nuevo conocimiento, logra introducirse en la dimensión de la posibilidad y opción de acción frente a la realidad.

Si opta por accionar sobre ella modificándola, la realidad es transformada y el estado de la cuestión cambia, por lo que ha de ser examinada nuevamente para lograr aprender de la reciente mutación operada por la voluntad en orden de poder volver a modificarla a ulteriores estados que se suceden ad infinitum. He aquí el silogismo, en tanto que mientras más se aprende, más libertad de decisión y acción sobre la realidad alcanzamos para nosotros mismos. El potencial humano es increíble en este aspecto, es una cualidad distintiva de nuestra especie, sujetada al lenguaje como instrumento de la razón y la inteligencia, así como de la socialización impuesta, de lo que ya hablaremos.

Ahora bien, son ampliamente aceptadas por la comunidad científica las teorías que constatan una alta capacidad de aprendizaje en los estadios evolutivos humanos más tempranos. Con el paso del tiempo la inteligencia se va especializando y cristalizando en los aspectos sobre los que más hemos aprendido y operado. Se observa, entonces, una hiperabsorbencia de aprendizaje que irá decayendo a medida que envejecemos. Luego, se forma una inteligencia cristalizada y especializada en detrimento de la hiperabsorbencia inicial. Es una manera de decir que a medida que crecemos, más nos cuesta aprender cosas nuevas.

Si bien sigue el debate acerca de que si lo que aprendemos ocupa lugar o no en el cerebro, eso no tiene ninguna importancia, en tanto que no importa lo que olvides, sino lo que no aprendes. Si existe el olvido, eso será cosa de otro ensayo. Aquí la cuestión es que el no aprender algo equivale a un agujero en nuestro saber respecto de lo que atañe a ese algo, lo que es mucho peor que un punto oscuro o borroso en nuestro saber consciente o inconsciente. Un agujero en nuestro saber es un punto ciego en nuestra realidad. No saber sobre algo equivale a la inexistencia de ese algo en nuestro universo personal, y esa inexistencia equivale a una total imposibilidad de operar sobre ese algo que no registramos de nuestra experiencia. Ignorar algo de la realidad, mantenerlo excluido, nos cercena en nuestro potencial de acción frente a ella. Saber es poder, y saber algo es poder algo.

No hay que preocuparse por olvidar, hay que ocuparse en aprender y desarrollar todas nuestras capacidades. Mejorar nuestra experiencia del mundo sólo es asequible mediante el continuo aprendizaje heterodoxo y heterogéneo a partir de la misma. La tragedia está en el desperdicio que hacemos de nuestra hiperabsobencia, el desperdicio de nuestro mayor potencial como humanos. Todo el sistema social y sus imposiciones inherentes se han encargado desde el principio de enseñarnos a memorizar, copiar y obedecer. También nos han enseñado a no cuestionar y a no salirnos de las líneas, a no pensar fuera de la jaula caja. Muerta la creatividad y puesto el uniforme no se puede aprender, no se puede crecer, y así se hace imposible transformar la realidad. Pero hoy la responsabilidad sobre nuestra ignorancia e inoperancia recae sobre nosotros mismos, aplastantemente.

Te enseñan a ser ignorante y obediente, a memorizar para no aprender, eso no se discute. Pero nada te exime de no abrir los ojos y mirar por ti mismo, nada te exime de tu responsabilidad sobre tu realidad. Sobreponerse a lo cotidiano es menester para rasgar la superficie que nos proyectan y enterarse de lo profundo, lo importante. La cobardía es la que yace en el fondo de la cómoda e inopinada cotidianeidad de una vida dormida y vacía, detenida. Toda la hiperabsorbencia de la que somos capaces es atraída cosntantemente por un vórtice de interminables góndolas de vanidades que nos fuerzan a consumir. Y muchos ya ni siquiera se resisten a ello, es más, lo gozan, lo naturalizan. Siguen aprendiendo de fútbol, jugadores, traspasos, directores, modelos, marcas, horóscopos, cartas astrales, noticias manipuladas, programas de tv, autos, premios, teléfonos, laptops, psicología barata, política de cotillón, películas de Hollywood, ropa, zapatillas, zapatos, carteras, maquillaje, fixtures, telenovelas, tennis, rugby, música de turno, farándula y “escándalos” mediáticos entre “celebridades”. No tiene nada de malo, en tanto que sepan que mientras aprenden eso, ignoran todo lo demás. Lo que no sabes, no existe. De lo que no te ofrecen no te enteras, a menos que salgas a buscarlo. En la sociedad de la queja eterna, toda tu queja se vuelve contra ti mismo. Una vida de quejas, hipocresía y críticas sin fundamento, sin conocimiento, es una vida desperdiciada que se merece todo lo que le ocurra. Quien la vive se merece todo, menos el perdón, pues el único poder que tenía lo ha dilapidado en aprenderse un guión.

 

Eso

Eso

Eso te está mirando siempre y no te das cuenta, es tarde para verlo cuando te das la vuelta.

Eso vive dentro tuyo pero fuera de todo, eso esta más allá de la vista del ojo.

Eso tira de todos tus hilos y bailas y saltas, eso se encarga de que no pienses mientras te roba el alma.

Eso te dice qué pensar y qué opinar, eso se dedica a atiborrarte con los temas de los que debes hablar.

Eso te dice qué mirar y qué comprar, eso te dice cuál es la música que hay que escuchar.

Eso te atraganta con palabras de alta rotación, las conversaciones que sostienes no son más que un maldito guión.

Eso te dice de qué gustar y a quién odiar, eso te saca toda oportunidad de pensar.

Eso te dice cuánto debes ganar, te dice hasta dónde puedes aspirar y cuándo respirar.

Eso no te permite quejarte ni rebelarte, a no ser que recurras al camuflaje, la sutileza del arte.

Eso te deforma para darte forma, eso dicta en todo momento toda norma, construye toda horma.

Eso te protege de ti mismo y a sí mismo, eso se sostiene en el solipsismo y en todo ismo.

Eso te dice qué rezar y a quien adorar, te dice por qué partido de fútbol apostar y cuándo salir a festejar.

Eso te llena de mierda y te hace enfermar, eso vende el tóxico y después factura por curar.

Eso te da leyes, te dice por dónde caminar, qué modelo hay que admirar.

Eso te dice que tus tetas están mal, que tu ropa está pasada de moda, eso te sujeta como si fueras un animal.

Eso te tiene de mascota, te tiene los domingos yendo a la cancha o votando como un idiota.

Eso te pone una jaula mental de la que ya no quieres escapar, como un pájaro amaestrado que ya no quiere volar.

Eso te tiene trabajando setenta horas por semana, para cobrar un sueldo con el que no compras nada.

Eso te vende ideología, erige idolatrías, te tiene pensando que realmente piensas todo el día.

Eso te hace pensar que piensas para que no pienses en lo que eso no quiere que pienses.

Eso te tiene de esclavo de quincena en quincena, te tiene famélico, gritando por tu cena.

Eso te llena de nada y te vacía de todo, te aleja de ti mismo y también del otro.

Eso logra que odies todo lo que no te ratifica, eso te da una identidad producida en serie desde la que estúpidamente criticas.

Eso te forma una identidad para que creas que eres auténtico, pero la verdad es que eso hace que todos ustedes sean idénticos.

Eso te la dicha de creer que eres más, cuando en realidad para eso es lo mismo si estás o no estás, le da igual.

Eso te pone a compartir fotos y estados online, tiene tu autoestima dependiendo de tu cantidad de likes.

Eso te da religión, modales y moral, no te das cuenta de que nada de eso es real.

Eso te da cirugía estética para que puedas encajar, te da un espejo frente al cual llorar.

Eso te tiene consumiendo idealismo, se destartala de risa desde su abismo.

Eso te promete un futuro vano y un insípido discurrir, te tiene olvidado de que vas a morir.

Eso maquilla tu existencia muerta, eso disfraza la nada y la pone en venta.

 

Despertar a la pesadilla

Despertar a la pesadilla

Se despertó sobresaltado, inundado de una náusea insoportable que no se alivió con el vómito que soltó inmediatamente al costado de la cama, empapada en sudor. Más de un minuto había pasado cuando los ojos hinchados e inyectados de sangre sucia empezaron a admitir algunas representaciones del entorno donde se encontraba. Le resultaba completamente desconocido. Era un cuartito de madera de tres por tres bañado por una luz pálida y completamente vacío a excepción de la cama, de la que aún no podía levantarse. Por fin se sentó con gran dificultad y empezó a tomar consciencia de sí. La cabeza le estallaba, estaba afiebrado y no podía parar de temblar. El sudor como una cortina traslúcida de sal le empañaba los ojos, que con exagerado esfuerzo lograron centrar su atención en la puerta  que estaba al otro lado de la habitación. Con todas sus fuerzas intentó levantarse, y cuando lo logró sintió que sus piernas no lo iban a poder sostener. Se cayó inmediatamente y volvió a vomitar sintiendo que se vaciaba de todos sus órganos, pero esta vez era bilis. Empezó a arrastrarse hasta la puerta y con un nuevo esfuerzo logró ponerse en cuatro patas, como un perro flaco y ciego salido de una cloaca. Por cada centímetro que avanzaba, la puerta parecía alejarse un metro y el trayecto de dos metros se tornaba una odisea. Un intenso malestar le perforaba las sienes y sus articulaciones parecían haber sido reemplazadas por vidrios rotos. Ya no sabía si lo que exudaba era sudor, sangre o si todo su cuerpo estaba llorando convulsivamente. No sabía a punto fijo si estaba vivo o muerto, pero si estaba muerto, aquello era seguramente el infierno. Siguió a cuatro patas con la mirada clavada en el suelo y su cabeza chocó con la puerta. Levantó la cabeza sintiendo que se le iba a partir el cuello y alcanzó a ver el picaporte. Todavía a gatas estiró el brazo y ya no pudo sostener la cabeza, por lo que buscó el picaporte a tientas. Cuando lo pudo tomar notó que estaba frío como el hielo o caliente como una braza, su percepción sensible no podía decidirlo. Giró el picaporte, pero la puerta estaba trabada desde afuera. Los ojos se le llenaron de lágrimas que ardían dolorosamente. Una súbita desesperación sustituyó el letargo en el que se encontraba sumido y empezó a golpear la puerta, gritando ininteligiblemente y con la voz entrecortada. Las manos huesudas, en puño, parecían desintegrarse en percusiones sordas a cada golpe y sus gritos sonaban casi completamente ahogados por la angustia que le oprimía el pecho. Se percató de que era inútil y dejó caer el cuerpo contra la puerta mientras sollozaba sumido en una tristeza sin parangón ¿Dónde había ido a parar? ¿Qué había sucedido? No podía recordar nada, no conseguía acceder a su consciencia plena pues todo su espíritu estaba nublado y confuso. De pronto escuchó una voz desconocida del otro lado de la puerta que le decía a voz en cuello: “¡Cálmate, que esto recién empieza! ¡Has sobrevivido a una sobredosis mortal y te encuentras internado en rehabilitación!”. A veces las pesadillas comienzan cuando uno se despierta, como él sabía muy bien.