Despertaronme los sonoros lamentos ubicuos de mis hermanos,

cubrianme profundas heridas y hallabame en un suelo extraño,

abiertos ojos lacrimosos pero ausentes las Divinas pupilas;

memento incompleto y fragmentos dispersos evoco de la Gran caída.

 

Mis alas rotas a la morada celeste ya más nunca me retornarán;

mi alma deshauciada se abrasa condenada a este exilio eternal,

y de cada poro brotan lágrimas incendiadas, de espesa sangre negra,

y de ellas cada gota se abre paso, dolorosa cual aguja hacia afuera.

 

Un enorme sol negro domina salvajemente los vastos cielos violentos,

fría y cruel es su luz muerta que inmola al tiempo que roba el calor del cuerpo;

y del cruento firmamento llueven arcángeles envueltos en tenebra y humo y fuego;

luchan fútilmente con las lenguas flameantes que los devoran por dentro.

 

Un intenso olor a azufre e incienso flota en el aire denso y aciago,

nacido de la carne quemada de la legión de ángeles despedazados;

penetra furtivamente en la tierra muerta, cubierta de halos calcinados.

¡Pobres y malditos somos hoy y para siempre los otrora salvos alados!

 

¡Expatriados de los Cielos y arrojados al averno en un revés del funesto hado!

Padre nuestro, si estás en los cielos, ¿por qué nos has abandonado?

 

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2 comentarios en “Desertio Dei

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