Se habían visto por primera vez esa misma noche, y cuando como por azar sus furtivas miradas se encontraron, todo el aire del lugar se electrificó. Toda la anodina gente a su alrededor desapareció y, como por arte de magia, ahora estaban ellos solos, bailando en la distancia al son de sus corazones, que latían como uno solo. Él caminó hacia ella como en un sueño, la tomó delicadamente de la mano y, sin decirse nada, salieron. En el trayecto al motel nunca las manos se soltaron ni medió palabra alguna, pues se hablaron sólo con el alma, tendida entre sus ojos, siempre fijos en las profundas pupilas del otro.

Con las ropas regadas por todo el suelo de la amplia habitación, se encontraban ya estos dos seres semejantes a los dioses en la antesala del Olimpo. El incendio del lecho fundió sus pieles entre firmes abrazos y dulces caricias de fuego. La necesidad se acrecentaba vertiginosamente, y entre el denso aire y la respiración entrecortada se les iba la vida en intercambio de profundos y cálidos suspiros convulsos. Tan próximas sus húmedas y sedientas bocas se respiraban el uno al otro entre espasmos de pasión que reclamaban la unión. Sí, sus excelsos cuerpos danzaban el uno sobre el otro como una viva llama, al ritmo de los estremecimientos incontenibles de intensa excitación que pugnaba por consumarse. Vibraban como la nota más sublime de la más perfecta composición de amor, y se tocaban el uno al otro creando el preludio de la más bella canción. Envueltos en una fina capa de sudor, sus cuerpos ardientes y desesperados desprendían un perfumado vaho, un sutil vapor. Aquel lujurioso infierno abrasador era ya insoportable, y el momento de entrar al cielo no podía esperar ni un segundo más.

Ella abrió sus hermosos ojos de pupilas dilatadas y lo miró. Él, con los ojos cerrados, recorría a la venus bebiendo ávidamente todo el néctar de su esencia. Entonces, en un hilillo de sensual voz, y con gran dificultad, soltó ella la tímida pregunta: “¿Trajiste protección, verdad?”. Él tragó con esfuerzo la saliva que le anegaba toda la boca y la miró con ojos desorbitados, sintiéndose morir.

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3 comentarios en “Amor inconcebible

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