Un histórico puente colgante ha estado tendiéndose siempre entre ambas prácticas, lo que nos da a entender que comparten algo que las tornaría afines, aunque a primera vista arte y psicoanálisis son, por lo menos en apariencia, bastante dispares. Sin embargo, hay muchísimos textos muy doctos que buscan robustecer y apuntalar cada vez más este puente, y por supuesto que no son producto del azar, ni del ocio. Pero ¿qué tienen que ver el uno con el otro? ¿qué misterioso terreno en común los hermana? Creemos que, para aproximarnos a una intelección que resulte en algún modo fructífera, primeramente conviene interrogarnos acerca de cuál es precisamente el fundamento de la relación entre el arte y el psicoanálisis, cuál es su naturaleza y de qué manera ocurre. A partir de estas preguntas creemos oportuno hacer un modesto recorrido del discurso psicoanalítico para focalizar algunos de los puntos de contacto que tiene con las diferentes disciplinas artísticas. Y es a través de esta relectura, orientada lógicamente por una búsqueda de interconexión entre las prácticas, que nos planteamos la cuestión de la posibilidad de una estética psicoanalítica.

Volvemos a Freud, como corresponde en un primer paso, para encontrar en él una forma de interrogar al arte, pero no a la obra como tal en su vertiente más íntima y esencial de manifestación. Podríamos decir que utiliza al arte como una manera de recorrer y poner a prueba su corpus teórico desarrollado en otro contexto y para otras aplicaciones. Con esto nos referimos a que la estética que encontramos entre líneas en Freud es una aplicación del psicoanálisis y sus constructos teóricos. Es, en suma, psicoanálisis aplicado. Se comprueba al momento de dar cuenta que la metodología de análisis de la obra de arte se basa en la interpretación, la que implica un poder leer la obra a partir de suponerle un correlato de significaciones simbólicas, lingüísticas. Freud opera un palimpsesto sobre la superficie de la obra de arte. Trabaja como de costumbre, según la teoría del sueño, realizando una traducción del contenido manifiesto al latente, es decir se trata de descifrar aquello que Freud propone como mociones pulsionales reprimidas. Esta primera forma de estética psicoanalítica hallaría su raíz en la epistemología de la misma disciplina y se dedica principalmente a hacer una reflexión acerca de los conceptos de su corpus teórico rodeando la obra de arte pero sin focalizarse específicamente en ella. En resumen, utiliza al arte como una plataforma a través de la cual interrogar la propia teoría y no lo artístico en sí mismo. Freud se interrogaba a sí mismo, al artista, pero no al arte. Freud penetra en la realidad psíquica de artista, al precio de tomar la obra de arte como formación del inconsciente que nos reconduce a la otra escena. De esta manera la obra de arte viene a develar un sentido dentro de la teoría, se vale de la misma para dar validación a los nuevos conceptos que se plantean en la teoría psicoanalítica.

Por otro lado tenemos a Lacan, distante de Freud en este punto, que nos dice que aprendamos del artista en tanto que se nos adelanta y allana el camino de nuestra práctica. Nos entrega todavía otra fórmula en la que indica no aplicar el psicoanálisis al arte, sino el arte al psicoanálisis. Y ya podemos empezar a percibir la diferencia. En la estética que se destila de los postulados de Lacan ya no se opera una traducción-interpretación del arte ni se lo interroga buscando que revele algo latente merced de nuestras interpretaciones. Tampoco  hay un interés por descubrir algo de lo reprimido o lo fantasmático del artista, sino que lo que buscamos son algunas luces arrojadas sobre aquello que nuestra teoría aún desconoce. Hay en Lacan una intuición de que el arte puede enseñar al psicoanálisis acerca de la naturaleza de su objeto. Y es por ello que hay que interrogar al arte y dejarnos interrogar por él para aprender, pues encierra un saber del cual ya podemos adelantar que es un saber-hacer. Qué es lo que sabe? Qué es lo que hace? Intentemos dar una respuesta empezando por los puntos de contacto y afinidades del psicoanálisis y el arte.

Siguiendo por el camino anteriormente propuesto, primeramente es preciso llamar la atención acerca de la relación que encuentra el psicoanálisis con la literatura, lo que hace este punto naturalmente más permeable para nuestra disciplina. Se vinculan debido a su familiaridad con la palabra y sus  usos, máxime si hablamos de poesía. Someramente podemos decir que la poesía comparte un saber-hacer más específico con el psicoanálisis en tanto que homólogamente tratan a la palabra como aquello que dice y calla al mismo tiempo. Lacan decía que ambas ejercen una violencia al uso instituido del lenguaje que se erige como ficción montada sobre un vacío; el psicoanálisis y la poesía apuntan con un medio decir a este vacío, a esta experiencia de vacío, precisamente violentando el lenguaje instituido que parte de él. No se trata de nombrar al objeto sino bordearlo, ya que es este un imposible  que se encuentra por fuera de la cadena significante.

Reteniendo lo anterior y retornando ahora a la cuestión del arte en general, nos tomaremos la licencia de adicionar que Steiner decía que es precisamente la posibilidad de cierta ausencia la que otorga la fuerza a la obra de arte, mientras que Borges, al respecto, opinaba que probablemente lo verdaderamente artístico es un querer decir algo que guarda relación con una inminente revelación que al final no se produce. Es el artista, entonces aquel que desnudará al objeto desprendiéndose del aspecto material del mismo para así dejar entrever la nada detrás de la que se encubre todo. A través de la mostración de la obra, lo que nos revela es un vacío. Sin duda podemos empezar a dar cuenta de  que de lo que aquí se trata es del encuentro con un objeto, pero en tanto que es un objeto perdido, ausente. No se trata, entonces, del objeto, sino de su vaciamiento.

Ahora bien, si el arte encierra en sí mismo el secreto de la posibilidad de un encuentro, diremos con Lacan que ese encuentro refiere a lo Real en tanto que más allá y más acá de lo simbólico. Y por lo tanto estamos de nuevo frente a la cuestión del saber y el límite, y en este punto podemos marcar, siguiendo la lógica de Nietzsche, que ante los límites del conocimiento del orden de la episteme, ese agujero en el saber del hombre moderno y científico, cada vez más evidente, sólo es posible avanzar a través del arte como forma de sabiduría que se constituye así, entonces, en el último y verdadero fin supremo. Su capacidad de atravesar ese límite estará en relación a su posibilidad de mostrar la manera en que una época oculta el das Ding. Sólo a través del arte y su potente luz podemos entrever algo de la Cosa, siempre oculta detrás del velo. Algo de ello reconoce seguramente Lacan al exhortarnos a aprender del Artista.

Dicho todo lo anterior, no podemos obviar que el arte es esencialmente una actividad del orden de la sublimación, como también lo son la ciencia y la religión. Esencialmente son las formas que tiene hombre de arreglárselas con el vacío, lo cual es, verdaderamente, una oportuna definición alternativa de sublimación. Entonces pertenecen a un mismo registro, en tanto que guardan particulares relaciones con el vacío; sin embargo, lo que verdaderamente interesa es la relación que guardan con el mismo, pues es ahí donde radica la diferencia. Lo fundamental es que mientras que la religión niega el vacío y la ciencia lo obtura, el arte lo organiza. Dice Lacan que “todo arte se caracteriza por cierto modo de organización alrededor de un vacío”. Y es esa organización del vacío la que permite un encuentro más allá del automaton, un encuentro del orden de la Tyche.  Es en este punto fundamental donde radica el saber hacer del artista, saber hacer que tiene efectos de creación.

Se propone así una posible conexión clínica entre el arte y el psicoanálisis. Desde el modo de hacer con este imposible de escritura, con este real que no cesa de no escribirse. ¿Dónde radica el quid de dicha analogía artista-analizante?  En el síntoma, que resguarda esta fidelidad a su envoltura formal, como lo propone Miller, cuando dicho síntoma se invierte en efectos de creación. Cuando se concibe que el sujeto ya no es hablado por su síntoma como un mero poema, desde su pasividad de ser hablado por el Otro, sino cuando el sujeto se convierte en un poeta, que viene a ilustrar con su síntoma su manera de gozar ¿acaso no es en esta creación donde el sujeto encuentra una manera de hacer frente el vacío? Así el analizante y el artista comparten una estética, que está muchas veces más allá del significante y que es la encargada de bordear el vacío que produce la falta en ser.

Ya no se apunta a la causalidad del significante y sus efectos de significación, sino que en esto el psicoanálisis enaltece al arte y su manera de aproximarse a lo real. Se trata bajo esta lógica de despojarse del argumento, que es otro de los modos que tiene el sujeto de obturar el vacío, y apuntar así al sin-sentido, ya que, en cuanto a lo concerniente al vacío, siempre se trata de hallar un modo de transmitir eso indecible, inefable. Puede de esta forma pensarse el analizante como el artista, en tanto creadores de su propia obra de arte, su síntoma.

Si se hipotetiza que el analizante en el dispositivo analítico puede tener puntos de proximidad con el artista, también esto puede conducirnos a la pregunta por su par significante, y ya que no hay analizante sin analista ¿hay artista sin espectador?  El punto en el que convergen ambos es en la agudeza para captar la sutileza con la cual se devela el objeto, el vacío. En ambas variables se trata de dirigirse a un buen entendedor, como lo plantea Erik Porge cuando propone que el sujeto en análisis habla a “la cantonade” .Al igual que para el artista de nada vale la comprensión universal, para el analizante tampoco, sino que, entre menos a la vista está, mayor es la aproximación que estos consiguen dar a lo real en cuestión.

 

*Ensayo de disertación. Con la colaboración de mi gran colega, A.B.
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