Hoy vamos a intentar dar algunas pistas acerca de cómo darnos cuenta de que estamos frente al famoso y no tan fácil de reconocer cobarde. Para esta tarea, resulta propicio hacer notar al lector, o recordarle, algo básico pero que a veces uno puede no tener tan presente: que se conoce al árbol por sus frutos y se conoce a la persona por sus hechos. Por lo tanto sabemos que no es prudente dejarse llevar por las palabras que gotean de cualquier lengua. Llamamos la atención sobre este asunto, no ociosamente, debido a que la gran mayoría de los cobardes, en principio, tienen gran habilidad con la lengua. Diríase que en ella se concentran todas las habilidades que no poseen en ningún otro aspecto de la vida, puesto que también es menester notar que el cobarde es generalmente un inútil en la vida. Así es que entonces no es prudente distraerse en las bellas apariencias que lucen las paredes de los laberintos discursivos que erigen estos prodigiosos dédalos del subterfugio. Entonces, (y aquí es donde empezamos a tomar nota) la primer pista de que estamos ante un cobarde es que su lengua bífida e infecta sólo reza mentiras, justificaciones falaces y excusas lamentables que suelen estar bastante bien construidas, por lo que a veces puede llegar a convencer y todo. Así, pues, no hay que dejarse engañar por la palabra del cobarde, porque es esencialmente mentiroso.

¿Pero entonces cómo nos damos cuenta de que el tenemos en frente es un cobarde, si siempre engaña? Hay que admitir que es ciertamente dificultoso, dado que a primera vista el pobre infeliz puede parecernos sincero por una extraña particularidad: ha mentido tanto para sobrevivir que se ha convertido en su propia mentira, y no sólo la cree verdad, sino que la termina convirtiendo en una especie de religión privada y personal, la vive, y así nosotros podemos terminar por creerle también. El cobarde rinde culto a la mentira, a su propia mentira, con el mismo fervor e intensidad que el valiente a la verdad. Pero, otra vez, no nos dejemos engañar como incautos, pues la mentira marca su rostro y se la puede ver si uno observa detenidamente: se la halla entre sus pliegues, en la comisura de su falsa sonrisa de cotillón, en las pupilas indolentes al resguardo de unos párpados inquietos.  El problema es que por lo general no nos es posible verla hasta que ya es tarde, porque esconde su rostro bajo las máscaras mas apacibles, y cuando finalmente nos salimos del letargo y los desenmascaramos ya sólo podemos ver su espalda, porque, luego de inflingirnos la afrenta fatal, inmediatamente ya se halla corriendo despavorido, exudando miedo y veneno infecto por cada uno de sus inservibles poros. Y probablemente ya no lo volvamos a ver; he ahí una especie de buena noticia, o al menos un pueril consuelo.

Continuemos con nuestra tarea ahora afirmando categóricamente que, de entre los seres despreciables, el peor desperdicio de piel y carne débil es el cobarde. Esta descripción podría parecer un tanto excesiva, pero no lo es, sobre todo si observamos que usualmente, y esto es lo crucial, el cobarde se revela como tal en el peor momento: cuando verdaderamente lo necesitamos. Basta con exigirle una tibia muestra de resolución y consecuencia de hechos con sus palabras para que se le caigan las máscaras y nos enseñe su patética espalda huesuda y lastimera. Y, en este punto, a propósito de lo anterior, nos es no menos que conveniente marcar que generalmente uno no se los encuentra de frente y a su altura, sino que tropieza con ellos, dado que siempre andan reptando, arrastrándose como gusanos por los senderos que recorren los valientes, de suerte que otra vez sólo vemos su maldita espalda, sólo que ahora desde arriba.

Por ende, considerando que lo que más se le ve a los cobardes es su espalda, tenemos mejor oportunidad de estudiarla y extraer pistas a partir de ella. Será, pues, nuestro objeto de estudio preferencial en este asunto. Hay dos detalles que podemos hacer notar de ella muy rápidamente. El primero es que su espalda está intacta, sin herida ni rasguño alguno, perfectamente sana. Esto se debe, principalmente a que los cobardes son los soldados que huyen siempre, pero que no sirven en ninguna guerra. El segundo detalle característico es que siempre llevan una mano atrás, generalmente la izquierda, pegada a su maldita espalda. Suele ser la izquierda porque la mano derecha la tienen suelta y reservada para prestarnos falso juramento o testimonio cuando les es necesario. Ahora bien, un examen exhaustivo y más detenido nos revela que siempre llevan en la palma de la mano apócrifa un puñal. Y numerosos y rigurosos estudios revelan que el traicionero puñal siempre está cubierto de sangre, sin excepción. Muchas veces, también, se ha observado que la mano escondida que lo ha de sostener también se encuentra manchada con sangre mal lavada. Pero lo más sorprendente es que siempre resulta ser la misma sangre, o más bien el mismo tipo de sangre: sangre de un valiente.

Pero ¿cómo puede ser? si el cobarde siempre es una pobre víctima de las circunstancias, el mundo, la ocasión, etcétera. Eso es ,al menos, lo que el bastardo vende. Pero como ya habíamos resaltado anteriormente, cuando se trata de lo que nos muestra o nos dice el cobarde, siempre se trata de mentiras y embustes. Entonces, visto lo visto, ahora podemos decir con completa seguridad que el cobarde vive como víctima, gime como víctima, se pone de rodillas como víctima, se esconde como víctima, pero, paradójicamente, su más oscuro secreto es que es un victimario por excelencia. Está disfrazado, es el lobo revestido con piel de oveja ideal. Y ahora viene el hallazgo que realmente conmociona, y éste es que la víctima del cobarde es el valiente, siempre, todas las veces. Y eso nos lleva a otra conclusión correlativa: entre cobardes no hay traición. Son como una patética hermandad de estúpidos seres rastreros, lastimeros y endebles que se compadecen unos a otros, que se consuelan unos a otros. Entre todos ellos disfrutan de banquetes de autoindulgencia y autocompasión, orgías de lástima por ellos mismos.

En fin, y volviendo a lo que nos compete, resulta que las estadísticas comprueban sin sombra de duda que el grueso de los valientes mueren a manos de cobardes, por inverosímil que parezca. Porque verdaderamente parece una locura que el gusano mate al león, pero si lo pensamos apoyándonos en la lógica no debemos dejarnos sorprender por este hecho. Observemos que demográficamente es mucho más probable cruzarnos con uno de los infames insectos cobardes que con un majestuoso valiente. Son, sin duda, amplia mayoría. Y teniendo en cuenta que atacan a traición, agazapados en la sombra de la confianza, y que luego huyen, ya no es tan increíble que tantos valientes hayan muerto sin ver venir la mano artera que ascendía potenciándose mortíferamente a sus espaldas para darles la estocada sangrienta y mortal directa al corazón. Así también se muere el más fuerte y noble de los hombres por el ataque de una mísera bacteria que se nos antoja invisible sin los instrumentos adecuados para verla.

Pero no hemos de detenernos aquí en nuestras indagaciones, pues todavía hay más. Y es que a pesar de sus crímenes y reincidencias recalcitrantes, muy pocas veces llegan a ser atrapados, tanto como casi nunca ¿Por qué nunca son atrapados? Porque es difícil ¿Por qué es tan difícil? Muy sencillo: porque una vez perpetrado el crimen contra la virtud y la carne del portador de la misma, convierten la huida en un estilo de vida y ya no es posible hallarlos jamás. Pero no nos lamentemos completamente de su  súbita e inexorable desaparición. Primero porque el lamentarse es una característica de ellos y lo último que queremos es parecernos, y segundo porque esta necesidad de huida perpetua es también su condena. Su castigo inamovible es una vida a la sombra de los valientes, esquivando miradas y ocultando su horrible y triste rostro. Adoptan las sombras como su nueva patria y pronto terminan despojados de toda humanidad y ya no queda más nada; se han de convertir en una sombra, en la sombra de su mentira.

Finalmente identificamos, ahora sí, al cobarde. Recapitulemos. Primero se nos hace pasar como alguien que nos es caro, querido, afable, leal, etc. Pero no es así, pues miente, claro está. Luego resulta que nos traiciona a la menor señal de peligro o compromiso. Y entonces nos hiere con el puñal escondido cuando creíamos que caminaba con nosotros hacia el futuro, cuando creíamos que nos acompañaba y nos seguía hacia un mañana prometedor. Aprovecharemos este punto para dar un pequeño consejo práctico al respecto, porque no podemos dejar de insistir en que nunca hay que darle la espalda a un cobarde, ni por un segundo. Seguimos con la recapitulación: cuando estamos caídos y sorprendidos por la herida, huye dejando un rastro de nuestra propia sangre que lamentablemente se pierde. Y ,finalmente, lo más probable es que no lo volvamos a ver.

Pero si tenemos alguna vez la oportunidad de volver a verlos en alguna vereda o algún camino que nos vuelve a reunir como por azar, lo reconoceremos porque nos esquiva la mirada y espera que no lo reconozcamos, embargado por la justa vergüenza que acarrea por ser lo que es: un cobarde. La condena final del cobarde, la pena capital es esa: nos temerá siempre, constantemente. Hasta en nuestra ausencia y hasta cuando duerma.

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12 comentarios en “Maneras de identificar a un cobarde

  1. Muy sugerente la imagen de la espalda del cobarde. Todos en algún momento de la vida hemos sido esa espalda que se aleja o la mirada que la ve alejarse, a veces no por cobardía, sino porque parecía no quedar otro remedio.

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