Volvía de comprar chocolates en la tienda que se encontraba a unas pocas cuadras de su casa. Era de noche y hacía frío. Si hubiera sido por él seguramente no hubiera salido. Es más, ni siquiera se hubiera acercado a las ventanas de su departamento. No le gustaban las ventanas. No es que no le gustaran las ventanas en sí mismas. Le molestaba la vista. No porque la vista fuera mala. El problema es que había una vista; que hubiera un afuera lo sacaba de quicio. A veces sentía que el afuera lo miraba a él a través de la ventana y eso lo perturbaba gravemente.

A veces no podía dormir pensando en el afuera. Justo esa misma noche había tenido una pesadilla en la que no podía volver a entrar a su casa. La puerta no abría y estaba atrapado del lado de afuera, con las calles llenas de gentes insípidas que se sucedían unas a unas a otras por las veredas, anegándolas, contaminándolo todo como una peste maldita. Todos lo miraban con ojos amenazadores y él a todos veía. Se había despertado sintiendo que algo apretaba su cuello y oprimía su pecho. El horror y la angustia, fatídicos residuos del sueño, anudaron su garganta y no pudo hablar durante largo rato. Ahora, mientras andaba tiritando en la oscuridad trataba de no pensar en esas cosas.

Siguió caminando y de pronto recordó que el hombre que atendía el negocio tenía la camisa arrugada, pero no recordaba su rostro ni su voz. Así solía ser la gente en sus pesadillas. No tenían rostro ni voz, sólo ojos. Así era la gente que caminaba a su lado. De pronto sintió que una tenue desesperación empezaba a florecer en sus adentros. De verdad que él hubiera preferido no ir a comprar chocolates, porque ahora el afuera era algo más que insoportable, ahora el afuera se revestía de un siniestro carácter mítico que él intuía revelable; en el aire viciado flotaba una clave invisible. La camisa arrugada de aquel hombre en el negocio lo había incomodado profundamente. Pensó que ese hombre trataba de decirle algo, un mensaje importantísimo. “Pobre hombre, trabajando en esta noche fría; su mano gastada me daba los puchos para fumar y yo sentía pena por su vida, por no tener una camisa planchada que ponerse. Supe en ese mismo instante que con toda seguridad era culpa de su esposa. Esa desvergonzada mujer infame, incapaz de planchar la camisa de su marido. Las cosas que hay que ver”, se dijo para sus adentros mientras trataba de descifrar lo que significaba la camisa arrugada y la sombra que crecía rápidamente dentro de él, detrás de sus ojos.

Pero el frío le molestaba cada vez más. Se le iba filtrando por los poros y ya lo empezaba a sentir en sus huesos, así que apuró el paso. Vio una mujer vestida de monja en la ventana de un edificio que lo estaba observando fijamente. Era una mirada punzante y extraña, muy extraña. Torció a la derecha en la esquina para sacarse esos ojos de encima. En la próxima cuadra se cruzó con una prostituta. Cuando pasaba presuroso a su lado vio que también lo miraba fijamente. Inquieto la sobrepasó tan rápido como pudo, y cuando la tuvo a su espalda le pareció oírla llamarlo por su nombre. Primero le pareció, dos pasos después estaba completamente seguro. Se volvió hacia donde estaba y no había nadie.

Confundido y desesperado cruzó calles y cuadras hasta llegar a un pórtico. Allí se detuvo consternado, casi sin aliento y con los ojos desorbitados. Después de haber caminado presurosamente entre otras varias mujeres mal maquilladas y de aspecto enigmático en aquel tortuoso calvario nocturno, supo que, por fin, ésa era su casa. Hoy el afuera había resultado peor que otras veces, más terrible, familiar y extraño, como las personas en los sueños. Pero ya estaba allí, en el pórtico que sabía era el pórtico de su casa. Adentro lo esperaban el calor de lo propio, de lo ajeno a todos menos a él. Esa era su casa y quería entrar en ella. Subió un par de escalones, no le gustaba la nueva pintura de la puerta. La detestaba, como a las mujeres que lo miraban fijamente por la calle, como a las camisas arrugadas, como a las esposas que no cuidaban a sus esposos, como las madres que no cuidan a sus hijos.  Rogó en su fuero interno que no ocurriera ahora con la puerta lo que en el sueño que había tenido. Giró el picaporte como suplicándole y el pestillo cedió. Entró.

Una vez adentro, supo instantáneamente lo que tenía que hacer. Estaba imbuido de una misteriosa y férrea determinación. Una revelación de la intuición que resonaba en su cabeza se hacía cada vez más clara. Como si un montón de voces inconexas que balbuceaban de pronto se hubiesen puesto de acuerdo para hablar al unísono, un coro de demonios cantaban la verdad sólo para sus oídos. Y entonces lo entendió. Las voces como una demanda inexorable daban una orden inapelable. Se dirigió hacia el sótano de la casa. Buscó en la gaveta de un viejo chiffonier y extrajo de ella un revolver calibre .38. Estaba cargado. “Mamá siempre decía que las armas debían estar siempre cargadas. Mujer sabia, si las hay”, pensó. Se resolvió a subir las escaleras para entrar a su habitación.

Su corazón bombeaba como nunca cuando entró a la habitación estrepitosamente. Su mujer se despertó sobresaltada y encendió el velador de la mesita de luz. Vio a su marido sosteniendo el arma, apuntándole a ella. La orden era clara, era un deber, una obligación. El sonido de una explosión lleno la recámara. Un fuerte aroma a pólvora, un último aliento y las sábanas que se teñían del color de las rosas; rojo sangre, pasión y furia corría por el tejido, devorando la blanca pureza que otrora ostentaba. Tiró los chocolates sobre el cuerpo inerte de su mujer y contempló su obra. “¡Arte! ¡Revelación! ¡Verdad!” gritó a la ciudad durmiente desde la ventana mientras se desnudaba. Luego se sentó sobre la sangre, que todavía estaba tibia, y la sintió contra su piel. Sonrió. Escuchaba la caótica música de los sátiros en sus oídos, los gritos, las órdenes. Entonces hubo otra explosión, y con ella callaron las voces.

Y es que a este hombre no le molestaban realmente las camisas arrugadas, o las mujeres de la calle que lo miraban. En realidad tampoco le molestaba su esposa. No hay explicación para este tipo de cosas. O al menos eso fue lo que el inspector le dijo al pequeño cuando lo sacó de la habitación de sus padres para llevárselo a la estación. A lo mejor, quién sabe, simplemente son cosas que algunos hombres hacen después de comprar chocolates.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s