Es no menos que impresionante la cantidad de quejas que vemos y oímos hoy en día pululando a nuestro alrededor, imponiéndose a nuestros ojos y oídos. Vienen de todos lados y a toda hora. Nos asedia y no nos deja en paz. La gente se queja burda y puerilmente hasta por las cosas más insignificantes y estúpidas. Tornase para nosotros un despliegue de mal gusto que raya el absurdo y nos llama poderosamente la atención por la insistencia con que irrumpe en nuestras vidas sin que la hallamos buscado siquiera. No la podemos evadir ni erradicar y se convierte así en un problema a estudiar, un misterio a desentrañar, pues aquello que insiste merece y debe ser escuchado con atención para develar lo que lo subyace. Aclaremos ya, de paso, que no tenemos el más mínimo interés en quejarnos de la queja, no es tal nuestro objetivo. No caeremos en el ridículo de tal paradoja, sino que intentaremos hacer una crítica de opinión fundada al respecto. Para ello resulta menester ejercer aquel elemento único en el que la queja a la que nos referimos no se funda: el pensamiento crítico y el esfuerzo del espíritu.

El simple hecho de que la gente no sólo no se canse nunca de quejarse sino que además “invente” motivos para quejarse cuando se le han acabado los “legítimos y justificados”, debería por sí mismo ser demostración suficiente de que quejarse es uno de los placeres predilectos de las masas hoy en día. Es más que evidente que la sociedad actual goza de la queja generalizada hasta límites insospechados. Es por ello que no podemos titubear ni un segundo en llamarla, muy oportunamente, la sociedad de la queja. Y podríamos definirla esencialmente como un conjunto de individuos quejumbrosos que comparten una cultura de queja irrestricta a la vez que se encuentran anudados por la indignación que se producen los unos a los otros constantemente.

Actualmente el grueso de los integrantes de la sociedad viven en un perpetuo estado de indignación; se van a dormir indignados para despertarse indignados ¿Sueñan los idiotas con estar indignados? Es indudablemente pintoresco imaginar que se lamentan hasta en sus construcciones oníricas. No pueden descansar, no hay descanso para los malvados. Tal vez esto haya sido siempre así, tal vez la primera palabra o el primer gesto del hombre fue una queja o una muestra de indignación, o tal vez no. Poco interesa. Lo que sí importa es que hoy la queja es omnipresente, está en todos lados todo el tiempo. La globalización y las redes sociales permitieron la progresiva instalación de un dispositivo de socialización masiva de nuestros estados de indignación con todo, para todos, con todos y para todos. Y de alguna manera la indignación se volvió tendencia, moda. #IndignadoconX, #repudioaX, #quejaX. Y ahora ya no estamos tan seguros de aquello de que “la moda no incomoda”. Antes, suponiendo que el ser humano siempre haya sido un animal quejumbroso y lastímero, al menos no nos enterábamos.

Hasta hacen parecer que la vida no vale la pena vivirla si no es por la posibilidad de quejarnos constantemente de ella. Pero bueno, ¿de qué se quejan? Ahí se pone complicado el asunto, porque se quejan básicamente de todo y  quejarse de todo equivale a quejarse de nada, y eso nos llevaría a que es un quejarse por quejarse, lo cual no soluciona nada y además es una respuesta bastante insatisfactoria. Y he aquí que tropezamos con una palabra interesante: insatisfacción. Intentemos ensayar una respuesta a partir de ella, sólo para ver qué pasa.

Digamos que la raíz de la indignación y, por lo tanto, de la queja se halla en un estado de insatisfacción de estos eternos denunciantes peleados con la vida. Entonces lo que denuncian es que están insatisfechos con algo… o alguien, todavía no sabemos. Sí podemos ver que el denunciante está insatisfecho aparentemente con algo que siempre tiene que ver con la alteridad, el otro, la sociedad, la otra gente, los vecinos, la pareja, el mundo, los tiempos que corren, lo nuevo, lo antiguo, los gobiernos, y un interminable e insufrible etcétera. Aparentemente, hemos dicho, porque es relativamente fácil darse cuenta de que quejarse del otro puede muy bien ser una manera de no quejarse de uno mismo, hacerse el distraído, como cuando una va caminando con la cabeza en cualquier lado y se choca con alguien y automáticamente le echa la culpa: “¡por qué no te fijas por dónde vas! Es la culpa del otro, lo hace el otro, no yo. Culpar al otro es mentir diciendo “yo soy inocente”, y bien sabemos que nadie es inocente. Desmentimos nuestra implicación con aquello que nos aqueja ignorando que la queja es una mentira sobre el otro, pero una verdad sobre uno mismo. Veamos ahora si podemos entrever qué se esconde detrás del patetismo de esta ridícula forma de autoindulgencia.

Proponemos intentar reconducir la queja al quejoso, que es su propio punto ciego a la hora de calumniar, despotricar o indignarse. Pocas veces veremos gente indignada consigo misma, y es que esto sería difícil de soportar porque pondría en jaque su ya endeble narcisismo. Sin embargo la insatisfacción insiste, no desaparece, y es entonces que el denunciante encuentra el blanco perfecto en su vecino. “Yo no quiero estar insatisfecho conmigo, eso es duro, es difícil y me duele. Pero estar insatisfecho con mi vecino es más fácil, además viene con el beneficio de no tener que modificar nada de mí ni de mi vida. Sólo tengo que ver la paja en el ojo ajeno y apuntarla recalcitrantemente para dejar de sufrir por el tronco en el mio”. Ahora sí, mucho mejor. Ya no tenemos que responsabilizarnos de nuestras faltas, sólo tenemos que culpar, culpar a quien sea, por lo que sea, como sea, donde sea. Qué placer… pero finalmente el placer no excluye el dolor. El tronco sigue incrustado en nuestro ojo juzgante.

Tal vez allí mismo podemos encontrar también la razón de que la queja se vuelva un espiral interminable que se alimenta de sí mismo: el sujeto de la queja se vuelve un pozo interminable de negros lamentos porque está siempre apuntando al lugar equivocado: afuera. Exige una solución externa proveniente del otro cuando el problema es interno, propio y personalísimo. Y por supuesto que así no se resuelve nada. Pero luego inclusive resulta que ya le ha tomado el gustito a andar de queja todo el día y se vuelve adicto. Ahora ya ni siquiera espera que algo se solucione con sus lágrimas, sino que sólo quiere volver a tragarlas, sentir el sabor amargo y volver a llorarlas. La hiel ha terminado por antojarsele néctar.

Así que es algo así como una especie de droga para el usuario, pero también es como una especie de virus para los otros. La queja es altamente contagiosa y se transmite por aire, por contacto, por redes sociales, etc. El primero se queja del segundo, el segundo del primero y de un tercero, y el tercero del primero, el segundo y un cuarto, y así sucesivamente. Un espectador de la trifulca ajena se siente ofendido porque él tiene mejores motivos y más ganas de quejarse, así que se queja de todos ellos, porque lo han indignado, y entonces llega otro que es aún más miserable y susceptible, y luego otro y otro hasta que las lágrimas inundan y ahogan a todos. Y ahora todos se quejan de que fueron ahogados y sus epitafios rezan quejas postmortem y alguien se indigna por ello y el ciclo sigue interminablemente.

En fin, queríamos decirle su queja se alimenta de su queja y lo vuelve un ser, por decir lo menos, bastante patético. Consideramos que un poco de estoicismo moderado no vendría nada mal. La raíz de su indignación se halla en su propia vida, en la insatisfacción que le produce su mismísima existencia. Por favor, hágase tratar y no involucre a terceros. Detenga la propagación. Recomendamos llorar puertas adentro y dejar de indignarse para poder conservar algo de dignidad.

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