Un hombre se encontraba caminando por el cementerio una mañana marchita en la que llovía intensamente. El cielo estaba gris y la luz del sol nunca había sido tan mortecina, tan pálida y tan fría. A la distancia divisó un grupo de gente reunido frente a una tumba y se encaminó hacia él, movido por una extraña curiosidad. Atravesó lenta y pesadamente los grises jardines mortuorios, respirando el denso aire cargado de olor a tierra mojada y flores muertas, y pensó en que él nunca había visto un día tan triste como aquel.

Cuando llegó ya habían bajado el cajón y había concluido el réquiem. Dos sepultureros anónimos arrojaban un espeso lodo negro sobre la fosa. Se acercó un poco más y para no interrumpir se detuvo a espaldas de la gente. Estuvo ahí hasta que los hombres concluyeron su labor y, mientras se preguntaba cuánto tiempo habría pasado, miraba a la multitud desconsolada y veía como las lágrimas fluían de sus ojos sin mezclarse con la lluvia. No había más sonido que el del agua cayendo sobre los paraguas y el césped, que también parecía estar llorando cuando las gotas se desprendían lastimeras de la punta de las lánguidas hojas. El universo entero lloraba.

En aquel momento una mujer se acercó a la lápida acompañada de quien debía de ser su pequeño hijo. Nunca bajo el sol ni la luna había existido un rostro más triste que el de ella. Pero lo más descorazonante, sin duda, era ver al niño. Era la personificación del dolor que la muerte imprime a los que quedan vivos. Una pequeña sombra hecha de desesperanza que avanzaba con ambas manos prendidas del negro vestido de su madre, sin abrir los ojos, aturdido y asustado… abandonado.

El hombre pensó que debía ser la familia del difunto y sintió una pena infinita por ellos y por aquel pobre hombre. “Una verdadera tragedia”, pensó, y se iba sintiendo cada vez más y más deprimido, como si pudiese sentir lo mismo que la viuda en su propio corazón. Mas contuvo las lágrimas y miró hacia abajo. La lluvia se trocó en tormenta y el lugar se estaba convirtiendo en un pantano de lamentos, una ciénaga aciaga. Vio su rostro contraído a través del espejo roto de aguas grises a sus pies y lo invadió un sentimiento oceánico de ser uno con la melancolía más profunda que un ser humano pudiera experimentar. Estaba sintiendo lo que el pequeño, eso era, con toda seguridad. Entonces cerró los ojos y contuvo el llanto con todo su cuerpo ¡Ay! La muerte la sufren y la lloran sólo los vivos.

Apretó los puños hasta que dejó de sentirlos y estuvo así varios minutos, tratando de dominarse. Pero sus emociones seguían volviendose más y más profundas, dolorosas e incontenibles. Sintió una punzada en su cuello y sienes, levantó la cabeza y abrió los ojos inyectados en sangre. Estaba más oscuro, como si el sol se estuviese muerto, y toda la gente se había ido sin que él lo notase mientras lo anegaba aquel inefable dolor. A pocos metros se erguía la lápida como un monolito emplazado en un lodazal deshonroso, indigno, sucio. Se acercó a ella para ver por quién lloraban todos los dioses. Le faltaba el aire; la garganta se le cerraba. Se detuvo, casi sin aliento, a un palmo de la inscripción y se dejó caer de rodillas, abandonándose al llanto más desconsolado y desgarrador.  El hombre se deshizo en lágrimas, volviéndose uno con el lodo al ver que la piedra rezaba su nombre.

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