Una noche oscura como ninguna entre mis recuerdos o los de la mismísima memoria del universo, sin estrellas y sin luna, me encontraba caminando sin rumbo alguno por las costas del río rojo, siguiendo la ruta marcada por el pleamar, apenas un hilo de oro negruzco trazado caprichosamente sobre la arena tersa y gris. Las aguas se fundían y confundían con el cielo, tejiendo un solo manto de negrura espesa e impenetrable, terrible como toda belleza. Resultaba imposible precisar dónde acababan los pliegues inquietos y murmurantes del río y dónde empezaba el imperturbable y silencioso firmamento ataviado de luto. La ineluctable y negra Nix lo dominaba todo, y sin embargo nunca algo me pareció más claro que aquello que la oscuridad de esa noche me enseñaba: no hay horizonte en la oscuridad.

Caminaba y caminaba, intentando recordar algo, una imagen. No podía lograrlo, hasta que en el laberinto de mis memorias me encontré con un vago recuerdo sobre las pinceladas verdes que otrora solían avivar el paisaje durante el día. Ya no las podía ver, no porque estuvieran escondidas bajo el manto de tenebra, sino porque habían sido borradas del cuadro, devoradas por las fauces del cielo para jamás volver. La negra noche se había robado todos los colores del mundo y de mi memoria. También Helios había sido sepultado en lo profundo del olvido sin tiempo, y su lecho habían sido los últimos resplandores de luz dorada que podía recordar y que cada vez se hacían más pálidos en la galería de mis momentos, hasta que ya no era más que una triste flama de vela. No había manera de saber si alguna vez el gigante alumbraría la creación otra vez. Nunca hubo manera de saberlo, ni para mí ni para cualquier otro. Sin embargo esa noche me hizo dudar realmente por primera vez si el sol saldría de nuevo para coronar el mundo y pintar paisajes sobre mi alma con su fulgor.

Noté de pronto que no era sólo la luz la que me había abandonado. El viento también estaba como ausente, casi como si en realidad nunca hubiera existido y yo ya no pudiera recordar su sordo rumor y su presencia incorpórea que acariciara alguna vez mis sentidos. Hasta el mismo aire parecía haberse inmovilizado en una jaula de sombras, denso, viscoso, irrespirable. Todo estaba quieto, naturaleza muerta: el mundo entero, las galaxias, universos interminables en un estado descorazonante de rigor mortis.

Lo único que todavía conservaba movilidad en la vastedad de cuanto existía parecía ser mi cuerpo, aunque severamente aletargado por la pesada tiniebla que apesadumbraba todos mis movimientos. Mis adentros, al punto empezaron a cobrar un peso indecible. Sin embargo, con las entrañas como si estuvieran forjadas en plomo, yo continuaba caminando con una misteriosa y dolorosa inercia que tenía algo de siniestro, como todo lo que no conocemos y no nos podemos explicar. De pronto empecé a tener la vaga sensación de que me estaba perdiendo, dado que en cierto momento no sólo no sabía hacia donde me dirigía, sino que ya no recordaba de dónde había venido. Sin apenas darme cuenta me encontraba ahora en un lugar que me era completamente desconocido. Estaba absolutamente perdido y sin poder ver más allá del largo de mis brazos. Los extendí hacia adelante como tanteando, como un ciego sin experiencia en ser ciego. Una insoportable sensación de soledad empezaba a oprimir mi pecho y empezaba a ser cada vez más difícil atrapar el aire en mis pulmones. Parecían encogerse a cada segundo que pasaba, parecían marchitarse a cada paso que daba.

Lo que yo creía que había empezado como una noche cálida ahora parecía un sueño vago y desdibujado tras la niebla gris que reina en el inconsciente atemporal y apócrifo, cubierto de sombras, como la muerte y todas sus obras. Empecé a sentir un frío como nunca antes había sentido, que calaba profundamente mi carne helándome hasta el tuétano, congelando hasta mi espíritu, convirtiendo mi hálito sufriente en un intemitente vaho espeso como humo, que escapaba caóticamente de entre el chirriar y tiritar de mis dientes. De súbito, temblando cual si estuviese convulsionando, bajé la vista y miré mis manos. Los nudillos estaban blancos por la fuerza con la que tenía cerrados los puños. Descubrí entonces que era inútil, por más que intentase ya no podía abrirlos. Luego también mis brazos dejaban de responder y se convertían en peso muerto, carga ineludible que caía aplastando mis costados.

Todo mi cuerpo se iba trocando en una cruz insoportable ¿Así se habrá sentido el Nazareno? ¿Era éste el suplicio que soportaba Atlas? ¿Buscaban ellos la calidez de la redención? ¿Habrán sentido aquel frío? Mis fútiles cavilaciones se vieron interrumpidas. Me vi arrancado de ellas al punto que sentía el poco calor que todavía albergaba en mi interior escapando rápidamente por cada uno de los poros de mi piel. Cada vez más pálida, ella seguía recubriendo frágilmente mis tensos músculos, y estos a mis huesos que se encontraban ya al borde de la fractura bajo su propio peso. Sentía que iba a implosionar. Sentía que no habría para mí aquella última y famosa exhalación, sino que, sin duda, con una última y mortal inhalación llegaría mi expiración.

Un impulso ciego, que tenía algo de instinto, me mantenía caminando maquinalmente, puesto que mi voluntad hacía tiempo que ya no quería continuar con aquella marcha fúnebre unipersonal. Al menos Cristo había tenido público en su calvario y sabía lo que estaba pasando, estaba preparado. Pero de un solo golpe de dolor olvidé a todos los héroes. El sufrimiento me ahogó en un nuevo estado de turbación que era imposible de comparar con cualquier otro. Fue entonces que el peso y la oscuridad dieron paso a una infinita angustia que golpeó como un rayo mi corazón. Lo sentía bombear. El sonido de los borbotones de espesa sangre abriéndose paso por mis adentros era cada vez más fuerte y más fuerte. Cada vez más fuerte. Un sordo tambor de guerra invadiéndome. Invasora. Los pasos cada vez más cercanos y más rápidos de algo desconocido, sin rostro, aterrador, inundándome. Acercándose. Luego ya no sentía que fuera sangre lo que corría por mis venas, sino un río de espinas y agujas irrigando todos mis tejidos, hundiéndose en todo de mí, desde adentro, inevitable, insoportable. Desesperación. Cuánto hubiera querido yo sólo una pequeña corona de espinas sobre mi cabeza en lugar de un océano de sucias agujas anegando todo dentro de mí. Cómo hubiese querido yo los clavos en mis extremidades y la lanza artera sobre mi costado en lugar de incontables clavos e infinitas lanzas devorando mi carne por todos lados.

Ya no podía más. Caí sobre mis rodillas y sentí al universo temblar. Una lágrima de negra sangre brotó de mi ojo izquierdo, y cuando salió de él para correr rampante por mi mejilla… vi algo. Las lágrimas siempre traen consigo alguna visión. Había algo adelante. Lejos. Era como un destello vago o un espejismo resplandeciente en el lecho de un abismo sin fondo. Una pequeña luz dorada que danzaba a lo lejos. El retumbar en mis oídos se hizo aún más fuerte. Una luz. Quise levantarme y seguir. Vela pálida. Más fuerte y más fuerte. Los tambores de guerra destrozando mis tímpanos. Quise seguir. Música. Luz. Seguir. Tambores. Agujas. Invasora. De verdad quise. Quise. Cerré los ojos, inhalé con todas mis fuerzas y me dejé caer sobre la húmeda arena.

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