El alma del hombre es vasta, espaciosa, fértil, como un campo silvestre e indómito, como extensas llanuras de existencia inmaterial, que se cierne y se desdobla al modo de ondas expansivas etéreas, teñidas de aurora boreal que encuentran su origen en las explosiones que aportan incansablemente los sentidos. Cada semilla plantada en su suelo extiende dolorosamente sus raíces, se abre paso en la tierra pugnando por acercarse lo más posible al núcleo palpitante de la esencia que es, que se es. Algunas de ellas dan flor y belleza, otras dan árbol y fortaleza, otras dan hierba y maleza, otras mueren sin tregua.

El ser se desempeña ávidamente en las planicies y accidentes del alma como un agricultor arrojado a vigilar y dar abrigo, a velar por la naturaleza y el cultivo de sí mismo en sí mismo, por sí mismo. Pero la cosecha, como tal que es, no está nunca libre de amenazas. En la exploración y el cultivo de la virtud siempre hay obstáculos y dificultades que a veces se tornan casi imposibles de sortear si no se cuenta con el aplomo necesario y la voluntad clara y bien entrenada, diligentemente orientada. Es fácil advertir, por ejemplo, que los vicios del alma se pasean por nuestros cielos interiores y metafísicos, cual pajarracos infames, cual cuervos abyectos. Por nuestros suelos íntimos e intangibles se arrastran las alimañas pervirtiendo nuestras virtudes y poniendo en jaque nuestro duro trabajo y sus frutos. Nos ponen en jaque a nosotros, y ya nos encontramos cerca de perder la partida.

Cultivarnos es una tarea ardua y poco glamorosa, a veces monótona, a veces caótica, siempre un esfuerzo constante, un esfuerzo cortante, una tormenta incesante. Por ello, es lo más común encontrarse con quien no quiere hacerse cargo de sus acres espirituales, hay quien no quiere ocuparse de que el suelo no se vuelva infértil, hay quien no quiere labrar sus tierras internas pues tiene aires de terrateniente ocioso. Pero resulta que estos presuntos y pretenciosos patrones no logran pesquisar que no es posible transferir el trabajo del alma a peones ni auxiliares, además de que quien quisiera hacerlo, no sólo es mezquino, desconsiderado e irresponsable consigo mismo, sino también holgazán y pobre en sus adentros. Tampoco es posible hallar chivos expiatorios. Para quién no cuida de sí no hay indulgencia alguna y empieza a labrarse su propio limbo purgatorio.

Así las cosechas del ocioso se van muriendo y también los suelos, y las semillas, que ya no crecen, dan lugar a la pobreza del ánimo y la ignorancia que degenera en miedo. Y la pasividad pronto se torna inmovilidad, parálisis, estado vegetativo y pupilas vacías, corazón desfalleciente y mente nublada, vacía. La parálisis pronto da paso a la muerte, la peor de todas, la muerte en vida, fruto de un refinado arte en el suicidio paulatino y cotidiano, la pérdida progresiva, luego absoluta, de la sensibilidad y la propiocepción. Llama la atención especialmente el hecho de que pareciera que no hay nada que temer, pues de todas maneras está a la vista que lo más difícil y arriesgado es vivir, desarrollar conciencia plena, reinventarse recalcitrantemente a partir de ella y así crecer para alcanzar aquellas cosas que están por encima y por delante de lo que hoy somos. Eso es lo peligroso, vivir. La mayoría sólo existe, sin necesariamente estar realmente vivos. Sin siquiera quererlo, sin siquiera saberlo. Es así como pasan de ser los dueños y señores del vasto territorio de su ánima a ser unas pobres imitaciones de lo que podrían ser o lo que podrían haber sido. Han devenido hombres de paja crucificados en el centro de su propia alma marchita, son réplicas de su personalísima mala fe. Ya no mandan en su corazón, ya no controlan su destino, ya no piensan con sus pensamientos, son mirada ausente y sonrisa cosida, inmotivada, inopinada, maltrecha y estropeada.

Entonces, pudiendo ser dioses, eligen ser espantapájaros y, más temprano que tarde, como presa de un cáncer irrefrenable, la cosecha muere inexorablemente. La hiedra se extiende por doquier, la mala hierba cubre el poco suelo, ya negro, que no se ha desertificado aun en su interior. La metástasis avanza. Las alimañas arrasan, los cuervos destruyen, las sombras devoran toda fuente de luz y la oscuridad reina en el nuevo desierto del ser que ya no es. La morfina ya no funciona, el opio ya no sirve. La erosión del espíritu que los habita los sume en un letargo sufriente y cómodo, como el de quien piensa que bajo las profundas aguas más oscuras del Ponto puede respirar y se ahoga sin darse cuenta cómo sus pulmones colapsan violentamente y le van dando muerte mientras se apagan todos los sentidos, hasta que ya no hay explosiones, hasta que el llanto del cielo de su fuero interno se convierte en un diluvio que se traga la tierra que nunca aprendieron a cuidar, que no supieron valorar, que no se dignaron a respetar. Y por fin, en su último aliento sólo habita un sordo e infinito dolor, un arrepentimiento fútil. Ya es muy tarde para volver a reinar y crear. Ya es muy tarde para volver a ser Dios.

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