A partir de 1994, con la Reforma Constitucional, se disuelve en este país toda cláusula referente al patronato eclesiástico que se mantenía vigente de forma meramente formal. Fue una tentativa de resolver los conflictos entre la religión y el Estado que se dieron a lo largo de toda la historia argentina. El conflicto institucional hallaba su raíz en diferencias específicas como, por ejemplo, la rebeldía institucional del Estado frente a la Iglesia, que le exigía una servilidad más o menos cordial, un sometimiento voluntario y fiel al orden Divino, evidente lastre de las corrientes de pensamiento y culto católicos que imperaron en la edad media y el renacimiento. Pero sucede que para que puedan venir todos a ser libres en este suelo, este suelo debía conservar un respeto a la libertad de culto. Por lo tanto, hoy, más o menos, la novela ha llegado al punto del divorcio formal Iglesia-Estado, que no es nada nuevo. “Al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”, ya lo pregonaba el mismísimo Jesucristo.

La laicidad del Estado se enmarca en el proceso de secularización característica de la modernidad. Lo secular es la jurisdicción del Estado, es su territorio. Pero una separación formal no es equivalente a una separación de hecho, pues de hecho que el poder de la Iglesia languidece en nuestra época más que nunca, pero sin embargo su poder sobre los asuntos del pueblo está lejos de desaparecer. Esto encuentra su causa en lo que algunos historiadores han dado en llamar el “mito de la nación católica”. Se excluyeron los poderes de la Iglesia de los mecanismos instituyentes e instituidos oficiales del Estado, pero, paradójicamente, al ser borrada de los papeles, la Iglesia devino influencia invisibilizada. El poder político de la Iglesia se desdibujó, pero no desapareció de la esfera privada ni pública. Precisamente, es la laicidad del Estado devenida neutralidad-pasividad la que permitió que la Iglesia tome poder extraoficial ilimitado, irregulado, desregulado. La falacia de la institución eclesiástica se filtra aún hoy en las grietas de los corazones y las mentes de gran parte del pueblo, y no hay nada que la controle, nada que la acote. Decía Foucault que el orden de los Estados no tolera el desorden de los corazones, y es en ese punto que la Iglesia, presta, aparece para redimir y salvar a los hombres. El Estado, al no pronunciarse de ninguna manera frente a la cuestión del culto del pueblo, vende como libertad la mera inoperancia inopinada y concreta sobre la cuestión, y la Iglesia se abrió paso por los inescrutables caminos que dejaron los vacíos institucionales.

También es cierto que el proceso de secularización mundial tuvo un fuerte impacto sobre el poder y alcance de la Iglesia, pero en nuestro país conserva, de todas maneras, una influencia indirecta, más o menos apócrifa, muy superior a la de cualquier otra religión o institución cultural. Se arroga funciones sociales y opera bajo el disfraz de la ayuda humanitaria y otros servicios, con lo que mantiene un prestigio nada despreciable a los ojos de gran parte de la población y la opinión pública. El mito de la nación católica desfallece junto con la Iglesia a partir de mediados del siglo XX, pero se niega a extinguirse del todo. La caída del poder eclesiástico en nuestro país es consecuencia de un proceso arraigado en el espíritu de la época. El apoyo directo e indirecto de la Iglesia en la represión y cercenamiento de las libertades y los derechos del hombre ha estado reverberando en la conciencia de los hombres desde antes de la Revolución de Francia. Hoy presenciamos cada vez más los efectos de repudio que estallan en el pueblo frente a los ecos recalcitrantes de los gritos de guerra, los llantos de los abusados y las protestas de otras víctimas de los innumerables crímenes perpetrados por los hombres en nombre de Dios. De la mano de la historia de sus fines y el obrar de sus autoridades encarnadas, la Iglesia cae hoy por su propio peso en oro, lágrimas y sangre.

Ahora bien, ¿qué decir del Estado? el Estado también acumula oro, también hace verter lágrimas y también hace manar sangre a los hombres que sujeta y tritura con sus destructivos brazos institucionales. Se ha hecho siempre con el monopolio de la violencia, vigilando y castigando, sancionando y “habilitando”. Controla la vida del ciudadano a tal punto y desde tantos puntos que el animal político del que hablaba Aristóteles ha devenido mascota política en las jaulas instituidas por la por la propia violencia institucional que siempre está presente, cualquiera sea la institución. Dios Divino y Dios Estado, dan igual. Esclavos de la moral, la Iglesia o el aparato estatal impuestos, es esclavitud igual. Marx decía que “el gobierno del estado no es más que la junta que administra los negocios comunes de la clase burguesa”, o sea que el Estado no es más que la suma de todos los privados, y todo lo privado implica propiedad. La operación insidiosa del Estado en resguardo de la propiedad y los virtualmente insondables intereses económicos implicados ha hecho que los libros de historia se desborden e inunden de páginas que versan de estados tiranos, en todas épocas, en todo lugar. El Estado es una formación resolutiva del conflicto entre los intereses de las clases sociales, pero que privilegia a una sola. Su función represora y negativa es tan conocida que es legendaria, se ha vuelto sello de identidad. La ley y sus brazos esbirros golpean sin parar a cualquier ego subversivo en pos de conservar el orden jerárquico sostenido por la ideología y la superestructura que se yergue más allá de las personas que se hayan bajo su yugo aplastante.

El gobierno es gobierno y lo que hace es gobernar, gobernarte ¿El gobierno necesita a sus gobernados o los gobernados al gobierno? ¿Qué es mejor, izquierda o derecha? “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la “hemiplejía moral”decía Ortega y Gasset. De un extremo al otro, oscilando como un péndulo entre la tesis y la antítesis hegeliana se ha caído incontables veces en el gatopardismo de cambiarlo todo para que todo vuelva a ser lo mismo. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, un paso tras otro vas con los pies engrilletados y los ojos llenos de fatalismo mirándote el ombligo antes de caer al abismo. Estado benefactor ¿benefactor de quién? “Social”-¿democracia? ¿Capitalismo neoliberal salvaje y foráneo o moderado de industria nacional y popular? Gobierno y Estado te someten ¿A quién le vas a votar? ¿Al diablo de rojo o de blanco, al de amarillo o el de azul? ¿Qué modelo quieres que te gobierne la vida? ¿De qué color te gustarían tus cadenas? ¿Democracia “representativa” o “participativa”? ¿Dictadura del proletariado y de los trabajadores o de la burguesía, la oligarquía y la aristocracia? ¿Que qué digo yo? Yo digo no, gracias.

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