Siempre estás lejos, pues mientras más te acerco, más te alejas. Siempre estás cerca, pues mientras más me alejo, más te acercas.

Siempre te encuentro al final del camino, al borde de mi abismo, en mis caminatas noctámbulas sin destino fijo, y entonces me desencuentro y me ensimismo.

Siempre faltas porque siempre, siempre estás, y en tu ausencia de nieves eternas, sempiternas, a veces, estás aún más.

Siempre te olvido sin querer, sin poder, porque siempre yerro por los senderos grises que llevan al mausoleo de mis recuerdos del ayer, de aquella vez que nunca fue, que nunca va a volver a poder ser.

Siempre, apenas me encuentro dormido, te tengo conmigo en mis sueños más vívidos, ya sin velos raídos ni fuegos encendidos, completamente consumido.

Siempre abro los ojos y estás ahí como una sombra pura, mirándome. Los vuelvo cerrar y ahí estoy yo, como una herida desnuda, mirándote.

Siempre mis plegarias, lanzadas a los vientos huracanados de la existencia, en su esencia se han perdido, pero encontraron un destino reconstruido, en forma de susurros y albor de los sentidos, ascendiendo lentamente por los lóbulos de tus oídos.

Siempre que me extravío, camino distraído por la galería de nuestros paraísos perdidos, donde te encuentro para que me devuelvas los sentidos que habías abolido, derruido.

Siempre te adoro, te amo, te odio, te escupo, te maldigo y camino, para no encontrarte nunca más en mi camino, pero resulta que le doy la vuelta al mundo para terminar tropezando de nuevo contigo, por venir mirando atrás, para ver si venías conmigo.

Siempre le doy vueltas a este mundo, recorro su circunferencia eterna desplazándome por la línea curva que siempre cierra el mismo círculo, el mismo nudo.

Es que este mundo parece grande, interminable, pero es minúsculo, y es que somos errantes deambulantes en un micromundo inefable, compuesto de círculos aláteres que, así dispuestos, innumerables, dan la sensación de que seguimos vivos, aunque nuestros corazones ya no laten y nos deshacen.

Este, nuestro mundo, es una urdimbre de círculos viciosos donde nosotros somos el Diablo y  también somos Dios, sólo cabemos nosotros dos. Y es que somos los últimos, los únicos, pues sólo esto es el Mundo: sólo tú y yo.

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