Una de las características más interesantes del ser humano es la de poder aprender de la realidad que vivencia, lo que le confiere la increíble posibilidad potencial de modificarla constantemente, transformarla activamente a partir de lo que pueda comprender de ella. Lo logra mediante una dialéctica interactiva y asaz dinámica de incorporación mixta de los datos racionales que elabora el espíritu crítico y la empirira de las experiencias sensibles provenientes de la experimentación efectiva de la realidad, que serán incorporadas y metabolizadas por el espíritu, que a partir del momento de la construcción del nuevo conocimiento, logra introducirse en la dimensión de la posibilidad y opción de acción frente a la realidad.

Si opta por accionar sobre ella modificándola, la realidad es transformada y el estado de la cuestión cambia, por lo que ha de ser examinada nuevamente para lograr aprender de la reciente mutación operada por la voluntad en orden de poder volver a modificarla a ulteriores estados que se suceden ad infinitum. He aquí el silogismo, en tanto que mientras más se aprende, más libertad de decisión y acción sobre la realidad alcanzamos para nosotros mismos. El potencial humano es increíble en este aspecto, es una cualidad distintiva de nuestra especie, sujetada al lenguaje como instrumento de la razón y la inteligencia, así como de la socialización impuesta, de lo que ya hablaremos.

Ahora bien, son ampliamente aceptadas por la comunidad científica las teorías que constatan una alta capacidad de aprendizaje en los estadios evolutivos humanos más tempranos. Con el paso del tiempo la inteligencia se va especializando y cristalizando en los aspectos sobre los que más hemos aprendido y operado. Se observa, entonces, una hiperabsorbencia de aprendizaje que irá decayendo a medida que envejecemos. Luego, se forma una inteligencia cristalizada y especializada en detrimento de la hiperabsorbencia inicial. Es una manera de decir que a medida que crecemos, más nos cuesta aprender cosas nuevas.

Si bien sigue el debate acerca de que si lo que aprendemos ocupa lugar o no en el cerebro, eso no tiene ninguna importancia, en tanto que no importa lo que olvides, sino lo que no aprendes. Si existe el olvido, eso será cosa de otro ensayo. Aquí la cuestión es que el no aprender algo equivale a un agujero en nuestro saber respecto de lo que atañe a ese algo, lo que es mucho peor que un punto oscuro o borroso en nuestro saber consciente o inconsciente. Un agujero en nuestro saber es un punto ciego en nuestra realidad. No saber sobre algo equivale a la inexistencia de ese algo en nuestro universo personal, y esa inexistencia equivale a una total imposibilidad de operar sobre ese algo que no registramos de nuestra experiencia. Ignorar algo de la realidad, mantenerlo excluido, nos cercena en nuestro potencial de acción frente a ella. Saber es poder, y saber algo es poder algo.

No hay que preocuparse por olvidar, hay que ocuparse en aprender y desarrollar todas nuestras capacidades. Mejorar nuestra experiencia del mundo sólo es asequible mediante el continuo aprendizaje heterodoxo y heterogéneo a partir de la misma. La tragedia está en el desperdicio que hacemos de nuestra hiperabsobencia, el desperdicio de nuestro mayor potencial como humanos. Todo el sistema social y sus imposiciones inherentes se han encargado desde el principio de enseñarnos a memorizar, copiar y obedecer. También nos han enseñado a no cuestionar y a no salirnos de las líneas, a no pensar fuera de la jaula caja. Muerta la creatividad y puesto el uniforme no se puede aprender, no se puede crecer, y así se hace imposible transformar la realidad. Pero hoy la responsabilidad sobre nuestra ignorancia e inoperancia recae sobre nosotros mismos, aplastantemente.

Te enseñan a ser ignorante y obediente, a memorizar para no aprender, eso no se discute. Pero nada te exime de no abrir los ojos y mirar por ti mismo, nada te exime de tu responsabilidad sobre tu realidad. Sobreponerse a lo cotidiano es menester para rasgar la superficie que nos proyectan y enterarse de lo profundo, lo importante. La cobardía es la que yace en el fondo de la cómoda e inopinada cotidianeidad de una vida dormida y vacía, detenida. Toda la hiperabsorbencia de la que somos capaces es atraída cosntantemente por un vórtice de interminables góndolas de vanidades que nos fuerzan a consumir. Y muchos ya ni siquiera se resisten a ello, es más, lo gozan, lo naturalizan. Siguen aprendiendo de fútbol, jugadores, traspasos, directores, modelos, marcas, horóscopos, cartas astrales, noticias manipuladas, programas de tv, autos, premios, teléfonos, laptops, psicología barata, política de cotillón, películas de Hollywood, ropa, zapatillas, zapatos, carteras, maquillaje, fixtures, telenovelas, tennis, rugby, música de turno, farándula y “escándalos” mediáticos entre “celebridades”. No tiene nada de malo, en tanto que sepan que mientras aprenden eso, ignoran todo lo demás. Lo que no sabes, no existe. De lo que no te ofrecen no te enteras, a menos que salgas a buscarlo. En la sociedad de la queja eterna, toda tu queja se vuelve contra ti mismo. Una vida de quejas, hipocresía y críticas sin fundamento, sin conocimiento, es una vida desperdiciada que se merece todo lo que le ocurra. Quien la vive se merece todo, menos el perdón, pues el único poder que tenía lo ha dilapidado en aprenderse un guión.

 

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