De repente le bajó la presión. Cayó en depresión, inmediatamente. Salió al balcón para tomar aire. Apoyó los codos en la baranda y la cabeza pesada posó los ojos desfallecientes en el abismo que yacía frente a él, 35 o 40 metros de vacío. Hipnotizado y en trance miró tan profundamente en el abismo que éste también parecía mirar dentro de él. Se sintió profundamente atraído, el vértigo de la vista le excitaba todos los sentidos y le encendía el espíritu. Era una atracción mutua, de todas maneras. Amor a primera vista, como dicen por ahí ¿Quién piensa encontrar al amor de su vida en el balcón de su departamento? Sintió intensos deseos de fundirse con el vacío, besar la nada con todo su ser, dejarse abrazar por ella. El abismo lo llamaba y lo seducía con su misterio, lleno de noche indescifrable y aroma primaveral. Pensó en que tenían todo en común. Después de todo, él también era un abismo insondable, lleno de misterio y noche. No dudó, se arrojó inmediatamente para consumar el irresistible amor, como haría cualquiera en su lugar de amante, pues los amantes solamente lo son verdaderamente en sus arrebatos de arrojamiento irrefrenable, de voluntad absoluta y pasión ciega. Se arrojan siempre, contra todo juicio, al fuego abrasador y al dolor intenso de la pasión que encarnan, a la mentira que recubre la verdad, a la fidelidad como vicio constrictor y a la traición como redención del corazón, a la caída y al vacío que más se les parece. El amor, cuando es de verdad, siempre es mortal.

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