La oscuridad precipitaba pesadamente por debajo de su piel y rasgaba todo su interior, impregnándolo de una amargura inefable. Una metástasis de dolor sacudía todo su cuerpo y su sangre, que se sentía fría y viscosa, casi tan helada como su corazón. Al mismo tiempo sentía el fuego, el incendio que empezaba a extenderse por su corteza cerebral, viajando a la velocidad del rayo por su espina, revolucionando cada fibra de su ser. La mezcla de alcohol barato y pastillas empezaba a hacer su buen trabajo. Sobre la mesa estaban el whisky de oferta del almacén a la vuelta, las benzodiacepinas, los antiepilépticos de colores y los “anti” psicóticos adulterados con alguna magia misteriosa de laboratorio clandestino. Todo acompañado con un delicioso y fino polvo proveniente de un poblado agricultor, que decían que era cercano a Barranquilla. Era el postre, la cereza. Unos pocos gramos de cielo que, al tomarlos, se trasformaron para él en una línea directa con Dios, o el Diablo… ¡Quién pudiera diferenciarlos!

Con semejante cóctel, la espesa y tenebrosa capa de muerte que cubría sus pensamientos se fue alivianando para terminar por transformarse en una homogénea tiniebla de confusión absoluta ¡Qué placer! ¡Cuánta alegría de saber y sentir cómo una enfermedad alivia otra, aunque sea momentáneamente! Ya casi podía olvidar que existía, que vivía y vivió. Casi podía olvidar toda la tragedia acaecida y estaba a punto de lograr distraerse. Pero entre el caos perceptivo disparado por el frenesí químico de tantos sabores para el alma, atinó su cerebro roído a encaminar su vista hacia la ventana de su departamentito en el noveno piso y vio de pronto otra madrugada desaparecer para siempre sin dejar rastro. Toda evidencia del manto hermoso y lúgubre de la noche se incendiaba bajo los primeros rayos abrasadores de un sol pálido de invierno. Ello evocaba inevitablemente en él los recuerdos que quería sepultar, siempre lo hacía.

Recostado con el pecho hundido y el torso tumbado sobre el respaldo de la silla empezaba a desvanecerse. Creyó sentirse mal por unos segundos, pero no estaba seguro. La respiración se trocó en asfixia. El corazón se le agitaba como tratando de abrirse camino hacia afuera, explotando su pecho entero. La mente se le apagaba y sin embargo sólo podía pensar en su hermano y el apacible semblante que lucía aquella misma madrugada en su ataúd de pino ¡Cuánto lo extrañaría! ¡Cuán solo estaba ahora sin él! Su nariz sangró, sonrío y seguidamente, ya sin control alguno sobre su motricidad, no pudo seguir sosteniéndose y cayó pesadamente. Su cara se estrelló contra el plato y ahí quedo, muerto, como tantas otras incontables noches, y solo, como nunca antes.

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