Ante nuestra propia renuncia al ser amado y el amor, por esto o por lo otro, se suele adjuntar un sentimiento de tristeza inexorable, que es producto de la pérdida y auto exilio en relación a nuestras propias fantasías, las que queríamos creer respecto del amor que experimentábamos. Aunque vale decir que “tristeza” es un sutil eufemismo al referirse a este tipo de cuestiones. En lo tocante a las renuncias amorosas y los concomitantes exilios de los paraísos idílicos y el vasto, acaso infinito, mundo imaginario y sentimental del enamorado, la tristeza resulta algo básico, si no vulgar. La triste y pequeña tristeza, vaga e imprecisa, no le hace sombra al amor y no es realmente digna frente a él o a su renuncia. No es rival, y acaso el amor siempre la sobreviva. Tampoco hay siquiera complementariedad o correspondencia entre ambos estados, aunque de tanto en tanto, post renuncia, Eros evoque la tristeza inadvertidamente en calidad de cierto afecto que se manifiesta en nuestro espíritu, intrínseco a los recuerdos de un pasado que ya no se encarna en el presente. Una nostalgia por lo que no se ha tenido jamás, pues el amor nunca se tiene.

Si hablamos de los efectos de renuncia de amor, no se puede menos que buscar una pasión algo más cercana en magnitud y violencia a la hora de hablar del auto-exiliado, despojado ahora de los calores abrasadores y las ilusiones inherentes a esta vieja pasión insaciable. Más bien se podría decir que quien se pierde en el amor funesto termina encontrándose con un desierto interno, hecho de las arenas del tiempo que ya no corren y campos de sal, infértiles. Surge la sonrisa desquiciada, nerviosa y siniestra de la locura en una noche eterna e infinitamente oscura. Se encuentra, con todo, con la más profunda desesperanza y los dolores más amargos que el alma pueda parir. Las grietas de su corazón se le antojan abismos insondables donde cae interminablemente, esperando en vano estrellarse estrepitosamente con un fondo implacable que dé fin a los tormentos. Y esto, aunque también parte del mismo imaginario, por consecuencia de la renuncia, se siente tan real que entre el exilio de la dimensión de imaginería del amor y la muerte hay sólo una diferencia médica, fisiológica.

La trampa se encuentra, y creo que no miento en esto, en creer ciegamente en el imaginario que se nutre de nuestra pasión explosiva, de nuestros anhelos más profundos y personalísimos. Imaginario y realidad se funden y se confunden en el enamorado. Este tiene una fe inamovible y mortal en un presente y un futuro compuesto de recalcitrantes quimeras que le prometen los más dulces placeres, las más brillantes venturas, la vida eterna y la juventud siempre fresca. Le prometen obstinadamente, en última instancia, que él también será amado. El enamorado es iluso, pero no idiota, y quiere garantías. Por supuesto que en la vida no existe tal cosa como garantías de amor. Más bien todo lo contrario, siempre hay garantías de desamor, de desengaño y desilusión. Lo que se tiene siempre por seguro es que la atmósfera amorosa y toda su parafernalia, están condenadas a apagarse y desaparecer, ya sea como una tímida vela en una tormenta de viento o como las memorias evanescentes que guardamos de nuestra propia vida.

A la velocidad del dolor el amor se disipa y los sueños se tornan pesadillas. El enamorado sufre y goza. Llora y ríe. Promete y miente. Imagina y cree. Ama y muere. El corazón se infla buscando la opulencia hasta que finalmente explota con inédita violencia dejándonos una mortal hemorragia interna de recuerdos, deseos y miedos que coagulan sobre un alma que finalmente se suicida para renacer y volver a amar. Pues de la vida surge la muerte, de la muerte surge la vida, como dice Platón que decía Sócrates en sus diálogos. Y la vida y la muerte siempre se encuentran en el amor cuando este se disfraza de desamor, como en una eterna cita.

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