Se despertó sobresaltado, inundado de una náusea insoportable que no se alivió con el vómito que soltó inmediatamente al costado de la cama, empapada en sudor. Más de un minuto había pasado cuando los ojos hinchados e inyectados de sangre sucia empezaron a admitir algunas representaciones del entorno donde se encontraba. Le resultaba completamente desconocido. Era un cuartito de madera de tres por tres bañado por una luz pálida y completamente vacío a excepción de la cama, de la que aún no podía levantarse. Por fin se sentó con gran dificultad y empezó a tomar consciencia de sí. La cabeza le estallaba, estaba afiebrado y no podía parar de temblar. El sudor como una cortina traslúcida de sal le empañaba los ojos, que con exagerado esfuerzo lograron centrar su atención en la puerta  que estaba al otro lado de la habitación. Con todas sus fuerzas intentó levantarse, y cuando lo logró sintió que sus piernas no lo iban a poder sostener. Se cayó inmediatamente y volvió a vomitar sintiendo que se vaciaba de todos sus órganos, pero esta vez era bilis. Empezó a arrastrarse hasta la puerta y con un nuevo esfuerzo logró ponerse en cuatro patas, como un perro flaco y ciego salido de una cloaca. Por cada centímetro que avanzaba, la puerta parecía alejarse un metro y el trayecto de dos metros se tornaba una odisea. Un intenso malestar le perforaba las sienes y sus articulaciones parecían haber sido reemplazadas por vidrios rotos. Ya no sabía si lo que exudaba era sudor, sangre o si todo su cuerpo estaba llorando convulsivamente. No sabía a punto fijo si estaba vivo o muerto, pero si estaba muerto, aquello era seguramente el infierno. Siguió a cuatro patas con la mirada clavada en el suelo y su cabeza chocó con la puerta. Levantó la cabeza sintiendo que se le iba a partir el cuello y alcanzó a ver el picaporte. Todavía a gatas estiró el brazo y ya no pudo sostener la cabeza, por lo que buscó el picaporte a tientas. Cuando lo pudo tomar notó que estaba frío como el hielo o caliente como una braza, su percepción sensible no podía decidirlo. Giró el picaporte, pero la puerta estaba trabada desde afuera. Los ojos se le llenaron de lágrimas que ardían dolorosamente. Una súbita desesperación sustituyó el letargo en el que se encontraba sumido y empezó a golpear la puerta, gritando ininteligiblemente y con la voz entrecortada. Las manos huesudas, en puño, parecían desintegrarse en percusiones sordas a cada golpe y sus gritos sonaban casi completamente ahogados por la angustia que le oprimía el pecho. Se percató de que era inútil y dejó caer el cuerpo contra la puerta mientras sollozaba sumido en una tristeza sin parangón ¿Dónde había ido a parar? ¿Qué había sucedido? No podía recordar nada, no conseguía acceder a su consciencia plena pues todo su espíritu estaba nublado y confuso. De pronto escuchó una voz desconocida del otro lado de la puerta que le decía a voz en cuello: “¡Cálmate, que esto recién empieza! ¡Has sobrevivido a una sobredosis mortal y te encuentras internado en rehabilitación!”. A veces las pesadillas comienzan cuando uno se despierta, como él sabía muy bien.

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