Acerca del crimen

Acerca del crimen

Por lo general, podemos encontrar una infinidad de artículos que tienen por objeto analizar el estado psicológico del criminal durante la realización del crimen, por ejemplo, o la influencia del medio y la sociedad sobre los individuos que terminan por conducirse hacia la perpetración de diferentes delitos. Aquí eso no nos interesa. Diremos, sin embargo, que, por lo general, la mayoría tiende a concluir que el criminal es una especie de enfermo (reconocemos que por lo general los autores usan denominaciones eufemísticas, bastante más piadosas, al tiempo que reconocemos lo que quiere decirse al socaire del ardid terminológico), o bien psicológicamente, o bien socialmente, o una combinación de ambas en diverso grado. Tampoco esto nos interesa.

Más allá de todas esas consideraciones, de las que no nos vamos a ocupar, trataremos de explorar algo que, si bien cuenta con vastos antecedentes compuestos de todo tipo de alusiones y hechos a lo largo de la historia, es muy poco tratado de manera directa. Nos referimos al derecho al crimen según lo que entendemos como ley de la Naturaleza.

Empezaremos por afirmar un supuesto según el cual las personas, a merced de la ley de la Naturaleza, se dividen generalmente en ordinarias y extraordinarias. Las primeras son las personas que constituyen un material que sirve exclusivamente para la procreación de las segundas, las personas propiamente dichas, es decir, los seres humanos que poseen el don o el talento de decir una palabra nueva en su medio. Se sobrentiende que las subdivisiones son infinitas, pero los rasgos diferenciales de las dos categorías resultan bastante acusados: hablando en términos generales, tenemos que las personas de la primera categoría, es decir, el material, son por su naturaleza conservadoras, ceremoniosas, viven en obediencia y gustan de ser obedientes. A nuestro modo de ver, están obligadas a serlo, porque éste es su sino, y en esta condición no hay nada humillante para ellas. La segunda categoría, formada por personas que pasan por encima de la ley, son destructoras o están inclinadas a serlo, según su capacidad. Sus crímenes, como es natural, son relativos, y presentan muchas variedades; en su mayoría, por medio de declaraciones sumamente diversas, tales hombres recaban la destrucción del presente en nombre de algo mejor. Pero si para el cumplimiento de sus ideas necesitan pasar, aunque sea por encima de un cadáver, y han de derramar sangre, a nuestros ojos, en su fuero interno y sin remordimientos de conciencia han de permitirse pasar por encima de la sangre, aunque siempre a tenor de la idea y su dimensión. Tenemos entonces que la primera categoría es siempre dueña del presente; la segunda, lo es del futuro. Las personas del primer grupo conservan el mundo y lo multiplican numéricamente; las personas del otro grupo lo mueven y lo llevan a su fin.

Se afirma entonces que existen ciertas personas para las cuales no se ha escrito la ley de los hombres, y pueden, no solo pueden, sino que tienen pleno derecho a cometer delitos de cualquier clase si la necesidad de propulsar su pensamiento nuevo los reclama.¿Significa esto que los hombres extraordinarios tienen derecho a realizar cualquier crimen y a infringir las leyes como les plazca, por el mero hecho de ser extraordinarios? De ningún modo. No se afirma, ni mucho menos, que las personas extraordinarias deban siempre entregarse a toda clase de excesos, amparadas por su excepcional condición, sino que el hombre extraordinario tiene derecho (entiéndase que no se trata de un derecho oficial) a decidir según su conciencia si debe salvar ciertos obstáculos, únicamente en el caso exclusivo de que la ejecución de su idea, que a veces puede resultar salvadora para toda la humanidad, lo exija. Si los descubrimientos de Kepler y de Newton, a consecuencia de determinadas circunstancias, cualesquiera que fuesen, no hubieran podido convertirse en patrimonio de la humanidad sin el sacrificio de un hombre, de diez, de cien o más hombres, que hubiesen sido obstáculo para la comunicación del descubrimiento a los demás, Newton habría tenido derecho a eliminar a las diez o cien personas; habría estado incluso obligado a hacerlo. De ahí no se sigue, ni mucho menos, que Newton tuviera derecho a matar a quien le pareciera, o a robar a diario en el mercado.

Pero ¿cómo distinguir estos hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Se dan, al nacer, algunas señales especiales, o qué? ¿Puede ocurrir, por virtud de alguna confusión, que alguien de una categoría que crea que pertenece a la otra, pueda empezar a “eliminar todos los obstáculos”? Bueno, eso ocurre con mucha frecuencia, sin embargo, el error es posible únicamente en la primera categoría, es decir, de las personas ordinarias. A pesar de su inclinación innata a la obediencia, por ciertos caprichos de la naturaleza, muchos de ellos gustan imaginar que son hombres avanzados, “destructores”, capaces de decir una “palabra nueva”, y lo creen con sinceridad. Al mismo tiempo, con suma frecuencia ocurre que no distinguen a los hombres verdaderamente nuevos y hasta los desprecian como personas retrasadas y de mentalidad denigrante. Tales individuos no llegan nunca muy lejos. Se azotan ellos mismos, pues son de muy buena conducta. Se imponen a sí mismos, entre ellos, diversas penitencias públicas.

Por supuesto, la masa casi nunca reconoce este derecho del que hablamos a tales hombres, sino que los decapita y los ahorca, los encierra, y con ello cumple con justicia su función conservadora, lo cual no es obstáculo para que en las siguientes generaciones esa misma masa coloque a los decapitados en un pedestal y los venere. Bien es cierto, reconocemos, que no siempre los decapitan. Algunos alcanzan en vida el fin que persiguen, y entonces ellos mismos empiezan a decapitar si es necesario, y de este modo ocurre en la mayor parte de los casos. Digamos, por ejemplo, los legisladores y ordenadores de la humanidad, empezando por los más antiguos y continuando por los Licurgo, los Solón, los Mahoma, los Napoleón y así sucesivamente, todos sin excepción fueron criminales por el simple hecho de que, al promulgar una nueva ley, infringían con ello a la ley antigua, venerada como sacrosanta por la sociedad y recibida de los antepasados; claro es que no vacilaron en derramar sangre, si la sangre podía ayudarlos en su empresa.

Hablamos de la masa, con lo que necesariamente debemos preguntarnos si, al interior de ella, son muchos los hombres que tienen derecho a degollar a los demás, es decir, ¿hay muchos hombres “extraordinarios”? Diremos que nacen muy pocas personas con alguna nueva idea, incluso un poco capaces de decir algo más o menos nuevo; hasta extraña que sean tan pocas. Solo una cosa está clara, y es que el ordenamiento de las personas de esas categorías y subdivisiones ha de hallarse determinado con toda precisión y exactitud por alguna ley, en tanto que se deja ver que una enorme masa de gente, de material humano, existe en el mundo tan sólo para que, al fin, mediante cierto esfuerzo, a través de un proceso hasta ahora misterioso,  llegue a dar a luz entre mil hombres a uno más o menos independiente. Con independencia mayor aun, nace quizá un ser humano entre diez mil. Entre muchos millones de hombres, no habrá más que un genio, y los genios extraordinarios, los plasmadores de la humanidad, no se dan más que como unidades después de que pasan por la tierra muchos miles de millones de personas.

En una palabra, se impone la conclusión de que todos los hombre no ya grandes, sino que se destaquen un poco de lo corriente, o sea los que estén en condiciones de decir algo nuevo, por poco que sea, necesariamente han de ser criminales por propia naturaleza, en mayor o menor grado. Claro es por el simple hecho de estar obligados a no conformarse.

Pero ¿Y con la conciencia, qué? El que la tiene, a sufrir se ha dicho, si reconoce el error. Es su castigo. No se trata ni de permitir ni de prohibir. Que sufran, si sienten compasión por la víctima. El sufrimiento y el dolor son siempre necesarios para la conciencia de altos vuelos y para el corazón profundo. A nuestro modo de ver, los hombres verdaderamente grandes han de experimentar en este mundo una pena inmensa.

 

*Reconstrucción articulada de la teoría de Raskolnikov tal y como es esbozada en Crimen y Castigo, de Dostoievsky.

Espejo (Parte 1)

Espejo (Parte 1)

Deambulo cargando obligaciones y carpetas amarillentas por las callejuelas del hospital de almas y siento enfermar la mía. Hay días en que no lo siento y sólo a la noche recuerdo, en el sueño y con la guardia baja, que me estoy enfermando con este trabajo. La paga no lo vale. Todos los días lo mismo. Debería renunciar. Siempre pienso lo mismo. Me miro en el reflejo de una ventana oscura, cosa rara. No me gustan los espejos. Estoy débil. Parece que hoy sucede que los mecanismos de naturalización de la tragedia están un poco endebles… y a lo mejor estoy sintiendo lo que naturalmente sentiría un ser humano en este contexto horrible. Hoy, como el día de mi ingreso a esta institución, calan profundo en mis oídos los gritos y las terribles risotadas de los pacientes, como agujas en mi cerebro. Mi tristeza se tiende hasta sus hondos lamentos, invocada por el aire infecto de tuberculosis y sus ropas sucias y rasgadas, como queriendo rescatarlos. Hoy en mis ojos encuentro sus lágrimas de dolor y en mis manos temblorosas su miedo. Sus llagas escuecen en mi piel como lenguas leprosas. Insectos caminan y roen la carne debajo de mi piel. Una de mis manos, en un acceso de automatismo, me rasca sin permiso de mi conciencia. Siento la mugre corriendo por mis venas renegridas. Respira. Controla. Defensa. Compostura. Es mi imaginación ¿Es mi imaginación? Es que su soledad encuentra hoy mis manos vacías en lugar de mi mirada huidiza. Su miseria agrieta mi corazón y algunos pedazos todavía sirven ¡Que no se los coman las bestias! Ruego conserven ellos en su pecho algunos pedazos de su corazón, y que todavía sirvan. Me aterra pensar que no. No quiero pensar que no. Pero creo que no ¡Poco le han dejado las bestias! ¿Cómo podremos curarlos?

Recuerdo una conversación con Tomás en la que le dije que el espejo de la locura nos devuelve una imagen de horror, el terror de la sinrazón. La imagen está desintegrada, como devuelta por un espejo de techo de motel roto, y es confusa como una orgía, y se resiste a nuestra lógica, como un rompecabezas en el que las piezas no encajan unas con otras. No es un desafío intelectual, es sólo un romper de cabeza. No recuerdo que contestó él. Entonces, a lo que quería llegar es a que entre el olor de la podredumbre, la grasa humana, la humedad, la desidia, la miseria, el dolor y las llagas, encuentro algo peor. Pero bueno, al menos no estoy volviéndome loco… Hay algo raro en esa ventana. Díganme si no tengo razón. No recuerdo la canción. Ustedes, mejor que nadie, deben saberlo. Díganme la verdad. No hace falta que sigan haciendo el papel de inocentes víctimas. Lo sé todo. Reconozcan la verdad. Están leyendo mis pensamientos. Admítanlo. Puedo sentirlos hurgar en mi cerebro, violando mis secretos. Quieren robarse mis pensamientos uno a uno hasta que ya no quede nada de mí. Quieren venderlos en el mercado negro y a los brujos que acampan frente a mi casa por las noches. Puedo verte, puedo oírte.

Tranquilidad…

1…2…3…4…5…6…7…8…9…

Esto no está pasando ¡Compostura, carajo!

-Claro que esta pasando.

-Pasa Pasa PASA.

-¡No! No le está pasando nada.

-Tiene la mirada rara. Algo le pasa.

-Pasa Pasa PASA.

-Se olvidó del 10.

-La ventana.

-Sí, no contó hasta 10. Ahora nada funcionará.

-¿Se volverá un 10?

-Jajajajaja.

-Es una lástima. Ahora toda su familia morirá.

– Eso es de Obsesivos, no de Locos.

– ¿Qué cosa?

-El no está loco.

-Jajajajajaja.

-Claro que está loco.

-No… está LOCA.

-Además su familia ya está muerta.

-¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

¡10! ¡Listo o no, allá voy! No pueden esconderse de mí, se que están ahí adentro, cambiándolo todo de lugar para confundirme. Los escucho. Quieren cambiarme el nombre para perderme de mí mismo. Dios me protege. Extraño a mamá. Dios me muestra dónde se esconden y me revela sus corazones maledicentes. No pueden escapar a la justicia. Dios da y Dios quita. ¡AAARRRGGH! ¡Cómo pica! La mano me rasca ¡BASTA!

-Basta basta BASTA.

-Dice que basta ¡Jajajaja!

-Pasa pasa PASA.

No estoy loco… No estoy loco… ¡Ustedes están locos! Cerrar los ojos. Contar hasta diez. Respirar por la boca. Soltar por la nariz…

-Qué imbecil. Es al revés.

-.séver la sE .licebmi éuQ

-No hablaba contigo.

-Y creo que no se refería a eso

¡DÉJENME EN PAZ!

Silencio.

Silencio.

SILENCIO.

.

..

¿Qué ha pasado? ¿En qué estaba pensando? ¡Ah, cierto! Estaba llevando las carpetas para archivar. Últimamente ando muy distraído. Tengo la cabeza en las nubes. Ahí viene Tomás. Conversaba con él otro día sobre la locura ¿Ya lo mencioné? Siempre me llamaron la atención los déjà vu. La vida es un déjà vu. Voy a aprovechar para decirle a Tomás algo que he pensado sobre la locura y que me inquieta un poco. Me preocupa. Es que cuando pienso en los pacientes siento que debajo de sus ojos vidriosos, sus delirios, sus historias desvencijadas, sus maníacas risas inmotivadas y su profuso llanto hipermotivado, no saben que están locos… ¿Cómo lo sabríamos nosotros? A veces, cuando los miro a los ojos, creo que encuentro los míos, como en un espejo.

La Gran Guerra

La Gran Guerra

Deseé con penitente parsimonia escribirte

desde el vaho indolente, manto de mi exilio.

Probé mil hechizos y alquimias de la lengua

para ofrendarte un nuevo y hermoso lamento.

 

Me corté la piel con el recuerdo de tu mirada

esperando que brote de mis venas tu sangre.

Quería llenar con ella el pozo de los deseos

para beberla si alguna vez volvía la sed;

para consumirte si alguna vez volvía el hambre.

 

Quería loar dolorosamente tu fantasma,

pero las Palabras me negaron obediencia.

 

¿Quién duda que posean vida propia?

¿Quién no tiene la lengua atada por su deseo?

¿Quién no ha sentido el pulso frenético de su libertad?

 

Amenazaron con aniquilarse todas a la vez

si osaba acercar a mi garganta el filo de tu recuerdo.

 

Preferían morir a derramarse ya inútilmente

y se reían de la carne lánguida, ávida de ofrendarse.

Susurraban un insidioso clamor de venganza

a mi oído, en lenguas muertas grávidas de veneno.

 

Pero yo tampoco condescendí su capricho.

Até mis manos, quemé las plumas y mordí mi lengua.

 

Les grité con voz rasgada que no podían vivir sin mí,

y replicaron como Furias que no vivía yo si me faltaran ellas.

Pero no se puede razonar con las Palabras.

Pero no se puede confiar en la Palabras.

 

Marcha de la muerte, senda de los sacrificios.

 

En el territorio profano de tu piel de alabastro

se libró la gran guerra entre las Palabras y yo.

 

En el valle de tu pecho deformado

nos herimos gravemente.

 

En las orillas de tus labios pálidos

naufragamos en lucha.

 

Ante el frío invierno de tu mirada exangües caímos

y resolvimos, sin hablar, desertar cada uno por su lado.

 

Soldado que huye para otra guerra.

Rota la espada.

Palabra que huye para otro poema.

Rota la pluma.

 

Nunca imaginamos cómo volveríamos a unirnos en tu destino.

 

Separados años luz por el océano de tu quimérica voz,

conspiramos sin saberlo para matarte de silencio.

Te atrapamos desde frentes opuestos, tras los muros del olvido,

y te asesinamos por la espalda dentro de mi pecho deshecho.

 

 

Encontré a las Palabras en el monumento de tu ausencia

y nos perdonamos para izar tu cadáver de marfil

como bandera,

y sobre tu sombra de ébano se firmó la paz

con tu sangre,

hasta la próxima guerra.

 

Carta de un vecino indignado (Basada en hechos reales)

Carta de un vecino indignado (Basada en hechos reales)

Caluralia, Jesuitiland, 7 de septiembre del XXXX

 

 

Consorcio de Copropietarios del Edificio Economic Walls

S_____/_____D:

 

Saludo cordialmente y me presento a la sazón. Soy Gregorio S., legítimo inquilino habitante hace más de un año del departamento 9C del Economic Walls, ubicado sobre la calle Altruismo, altura 777.

Dicho lo dicho, y pidiendo encarecidamente que se lea el escrito en su completud a pesar de su longitud, aclaro que no es sino con gran pesar que me resuelvo a escribir esta carta. La misma tiene como objeto asentar mi posición y defenderme propiamente con respecto a las continuas e insistentes acusaciones infundadas de mi vecina del departamento lindante, P, que vive allí hace muy poco.

La posición que sostengo no es de subvertir la queja, ni redirigirla hacia ella, sino que me limito únicamente a defenderme razonablemente, si bien hasta ahora he guardado silencio absoluto ante el consorcio respecto al tema. Guardé silencio porque consideraba este tema completamente absurdo y no me quise involucrar porque lo consideraba totalmente inconducente. Interrumpo este silencio concienzudo debido a que han fallado penosamente todos mis intentos de resolver el conflicto que se me impone injustamente desde el departamento adyacente.

Digo que han fallado porque efectivamente he intentado y me he esforzado en respetar todos los requerimientos que mi vecina me ha hecho. Con la primera carta que les dirigió a ustedes fue más que suficiente para hacerme entender el absurdo que ella percibía. Con esto digo que todas las cartas que le sucedieron a aquella primera han estado absolutamente de más. Y desde la primera a la última carecen de razón de ser, puesto que no he transgredido de mala fe ningún límite legal o moral de convivencia vecinal. Los intentos de mediar de mi vecina para conmigo han sido prácticamente nulos (habló personalmente conmigo una sola vez a pesar de escribir varias cartas y hablar varias veces con el portero). Yo, por mi parte, he hablado con ella desde la más pacífica posición reconciliadora, con sinceras intenciones de arribar a una solución satisfactoria para ella, pero no tiene caso. He acatado in extremis todas sus exigencias para perjuicio mío, sin embargo no ha bastado.

No pienso argumentarme con falacias ad hominem hacia ella como ella ha hecho conmigo, puesto que no tiene sentido y no constituye un argumento real ni válido desde ningún punto de vista. Algunas de las acusaciones con las que arremete en mi contra rayan la calumnia y la injuria, otras son lisa y llanamente mentiras o exageraciones absolutamente desproporcionadas, hasta ridículas. Por ejemplo, y en primer lugar, está a la vista, desde su propia letra en cartas, que reconoce que molesta a sus vecinos de abajo con el volumen de su televisor. Acto seguido se justifica achacándome la responsabilidad, alegando que ella “tiene” que hacer eso para neutralizar los sonidos provenientes de mi departamento. Esto es sencillamente mentira, por no decir nada respecto a esa “lógica” de que ella molesta a otros excelentes e ilustres vecinos porque yo la molesto. También dice que quiere llegar y descansar en silencio, siendo que hasta la madrugada tiene el televisor encendido a un alto volumen, que a mí particularmente no me molesta, pero contribuye a probar que no es verdad lo que dice en sus cartas.

Para continuar, no hay nada legítimo que le permita quejarse de que yo reciba amigos o visitas a cualquier hora. Yo vivo aquí y es mi legítimo derecho. Dice que la música de mi departamento está a todo volumen desde las 13 hs. hasta altísimas horas de la madrugada todos los días, con gente gritando, entrando y saliendo continuamente, hipérbole de la cuestión y exageración evidentes, irrisorias. Me resulta difícil inclusive imaginarme una persona que pueda vivir así como ella dice que yo vivo. Extiende su queja al hecho de que concurran a mi departamento algunas amistades femeninas, esto es sencillamente ilegítimo, repito. Aquí nadie habla a los gritos. Somos personas conscientes, educadas, instruidas y ubicadas, tanto yo como la gente con la que decido rodearme. Considero una profunda falta de respeto la forma en que P se refiere a mi persona sin conocerme en lo más mínimo: “no respeta nada”, “cree que vive en un albergue universitario”, “no respeta a sus vecinos” (pretende crearle al lector la ilusión que los otros vecinos apoyan su causa, siendo que yo tengo excelente relación con todo el resto del piso y el edificio, y es fácil comprobarlo), “gritos” (es ridículo decir que todos los que entran aquí se comuniquen a los gritos, muy por el contrario hablamos muy civilizadamente, y la mayoría son colegas), “música a todo volumen” (aseguro que jamás he puesto música a todo volumen. Si bien me gusta escuchar música, placer bastante común y difundido, tengo un profundo y debido respeto por el nivel razonable de los decibelios).

También puedo decir que en la conversación que tuve con ella, me ha dado “permiso” de hacer “ruido” hasta las 20 o 20:30 horas, cuando ella llega de su jornada laboral. Conozco mis derechos y no ignoro las reglamentaciones de convivencia vecinal, que permiten ruido razonable desde las 15 hasta las 22 horas inclusive por la tarde, y en la mañana el ruido se acepta entre las 6 y las 13 horas. Por lo tanto, si bien yo respeto sus exigencias en pos de la paz, no hay derecho ni razón legitima de su lado para pedirme esto, que repito, cumplo sin embargo.

Por otro lado, mi buena vecina, P, ha sacado la infame conclusión de que yo no trabajo. Reza en su tercera carta refiriéndose a mí: “no trabaja” “se levanta al mediodía”. Esto es absolutamente mentira y es una profunda falta de respeto, que me resulta realmente indignante. A la sazón, me desempeño como médico y ejerzo mis funciones clínicas en salud pública. También trabajo en el Penal de nuestra jurisdicción, en el área de Criminología y Psicología Médica Judicial. Soy docente de Psiquiatría Clínica en la Universidad de esta ciudad. También me desempeño como investigador en el ámbito académico Universitario. Por ende, muy al contrario de lo que P pretende hacer creer, trabajo, estudio y soy una persona digna, respetable y respetuosa a la vez, pacífico y muy bien educado. Conozco perfectamente mis derechos y si he otorgado concesiones que decantan en favor de ella, fue sólo para que se sienta bien y a gusto. Como he dicho antes, nada ha bastado. No toleraré que se siga ensuciando mi buena fe y persona.

Como decía anteriormente, no insto al consorcio a realizar acción alguna a mi favor, no escribo con ánimo de queja, sino de desmentida de las tergiversaciones y planteos de la buena señorita P. De ella no ofrezco conclusiones como ella gustosamente les ha ofrecido sobre mí, no me corresponde y no sería ni válido ni justo. No deseo ningún conflicto y hasta su arribo al edificio jamás en mi vida había recibido una sola queja contra mi persona. Ahora, en el curso de poco más de un mes, he recibido múltiples provenientes de su sola persona, cabalmente ilegítimas y sin fundamento alguno. Me limito a defenderme y asentar mi opinión debida y válidamente argumentada acerca del asunto. Si la señorita no cesa en sus actividades calumniantes e injuriosas, simplemente me mudaré, muy a mi pesar. Lamento mucho esto porque me gusta vivir aquí. Pero no me someteré por más tiempo a esta indignante subyugación que ella pretende ejercer sobre mí. Aunque yo me vaya, me atrevo a vaticinar que los conflictos se mantendrán con quién ocupe mi lugar, dado que es un conflicto enteramente unilateral. Soy un buen ciudadano y vecino, pago al día el alquiler y las expensas y soy sumamente responsable con mis trabajos, pacientes y actividades, que no quede duda de ello ni de mi valía como hombre de buenas costumbres y espíritu. No toleraré un solo reclamo más.

Quisiera, sin embargo, saber qué posición toma el consorcio ahora que dispone de las dos campanas y he escrito finalmente para disolver el monólogo repetitivo de la respetable señorita P. Esta será mi única carta y está solamente dirigida a ustedes, no me interesa alimentar el conflicto dándosela a ella, ni incluir al buen Sr. W, nuestro diligente portero, o a cualquier otra persona ajena e impotente respecto al tema. No me proporciona satisfacción alguna. Les agradezco de antemano y los saludo con la mayor cordialidad.

 

Gregorio S.

Spring

Spring

Salió a fumar en la terraza, como todos los días a media mañana. Era su versión del coffee break. Lo aprovechaba para estar solo, lejos de la gente de la oficina. Sacó uno de sus Marlboro del paquete y lo encendió con una honda pitada tal que quebró la llama azul en un perfecto ángulo recto. El primer cigarrillo del día. Estaba intentando dejar, o al menos eso decía. Despidió el humo como envuelto cuidadosamente en un suspiro de hastío y a través de la nube observó el ardiente Sol de verano. Lo miró fijamente, como no debe hacerse, y empezó a caminar como en trance hacia él. Se detuvo maquinalmente al encontrarse la punta de sus zapatos sobresaliendo un centímetro de la cornisa. Miró el abismo frente a sus pies y  sintió el mareo que sentía siempre que el abismo miraba dentro de él. Sintió miedo y eso le gustaba. Sintió que el miedo le anunciaba oracularmente un deseo. Pensó en lo peligroso que era una terraza no cercada.

Sentía la brisa acariciándole los cabellos y el sol dorando suavemente su pálida frente de oficinista. Cerró los ojos y contuvo el humo en sus negros pulmones. Sus pensamientos empezaban a diluirse apaciblemente, como la niebla al sol, cuando un sordo susurro escaló furtivamente hasta sus oídos. Venía desde abajo. Soltó otra nube negra, abrió los ojos y vio una multitud apiñándose en la acera del edificio, vociferando violentamente. Los gritos eran ininteligibles, caóticos, como un montón de instrumentos desorquestados tocando partituras distintas entre sí. Le pareció por un instante que lo miraban a él, pero tampoco esto podía distinguirlo bien. Pronto se dio cuenta de que la multitud, en efecto,  lo miraba a él, pero no con sus ojos, sino con las cámaras de sus teléfonos en alto. Aquellos pequeños puntos lejanos le dedicaban ojos biónicos y gritos en una sinfonía discordante sin nombre.

Su corazón golpeaba con fuerza y sin ritmo dentro de su pecho, ora saltándose un latido, ora dando dos saltos en el tiempo de uno. El aire le faltaba. Dio otra pitada a su cigarrillo ahogando un sollozo, cerró los ojos y aguzó el oído. A medida que más se concentraba, más claramente le parecía identificar lo que gritaba la turba enloquecida. Con súbito espanto reconoció que coreaban al unisono una orden: “¡Salta!”.

Tragó el humo y abrió los ojos que casi se le salen de las cuencas. Contempló sin comprender que varios medios locales ya habían concurrido a cubrir el acontecimiento con móviles de exteriores. Camarógrafos y reporteros, policías y bomberos, se unieron al gentío, que no paraba de crecer, y las voces tomaron más fuerza y, a través de ella, belleza. Era clamor. Era pasión. Era música. Era una sola voz. La voz del deseo.

“¡Salta!”

“¡Salta!”

“¡SALTA!”

Cerró los ojos y sintió los latidos perfectamente ritmados en su pecho, en armonía. El coffee break había terminado. Abrió los brazos, dio una última pitada al cigarrillo y se entregó a la obra.

Perdón

Perdón

Es de noche. No hay horizonte en la oscuridad. Siempre es y siempre ha sido de noche, excepto aquella vez que los dioses me regalaron una chispa de su fuego. Nunca se piensa  lo suficiente en lo que le pasó a Prometeo,

A veces pienso en aquel rayo de luz, aquel pedazo de sol que alcanzó mi corazón e hizo que me diera cuenta de que todavía estaba vivo después de tanto tiempo de haber estado muerto. Gloriosa aquella palpitación de amor que reavivó en mí la llama de la vida, que tornó el gris en color. Cuanto deseé encontrar de nuevo esa luz, el calor y la vida de aquel nostálgico crepúsculo. He estado caminando entre las sombras y las espinas del camino desviado por tanto tiempo que el dolor se convirtió en lo único real, lo único que puedo sentir, la experiencia última alrededor de la cual orbita mi existencia errante. Creí que por tomar la senda del calvario sería al fin el profeta. He tomado el mal por el bien, la crueldad por compasión, la mentira por verdad. Cuánto lo siento por mí, y aún más por ellos. Pido perdón a ustedes, a mí y al Dios.

Nada se puede revertir, ni deshacer ni rehacer. Esto es alivio y lo tomé por sufrimiento. Las oportunidades y su transitoriedad en su esencial carácter efímero me han confundido al punto de pensar que todo ello significaba que la vida era irremediable. He sufrido tanto, he peleado tanto y con tanta fiereza que ya no puedo resistir. Bendito sea este asqueroso cansancio. No me pregunten con qué he estado luchando, porque ya lo olvidé, si es que alguna vez lo supe. En los terribles espasmos de mi tormento terminé por negar todas las causas y desdeñar todos los fines. La lucha por la lucha misma. Fútil. El dolor por el dolor mismo. Dúctil. Caos, paroxismo de desesperación. Desesperanza. Todos los colores van al negro, y en la negrura de mi abismo he librado mil guerras y he causado daño, he mentido y he matado ¿Dónde mora la salvación? ¿A dónde ha ido el color? ¿Lo he matado yo?

Ésta es mi enfermedad, la confusión, el error que no me permito olvidar por no querer reconocerlo. No me he aceptado, no he aceptado la vida y me he consagrado a combatir el amor, ungido en las ciénagas del odio. No podía sanar, pues me convertí en mis propias heridas, y ellas en el estandarte que sostuve ante el mundo. Aprendí, en la que se supone que es la tierna infancia, que el dolor es vivir y que vivir es el infierno. En el nombre del Padre y de la Madre. Cómo desaprender la fatalidad en la que he estado encerrado si no es a través del amor. Cómo trascender mi propio sufrimiento si no a través de la compasión. Cómo servirme a mí mismo si llevo tatuado el non serviam.

Vengan, pasen, por favor, a ver mi  jaula, mi prisión. Vengan a verme a mí, el guardián de éste, mi privado averno. A mí, el castigador de hielo que mora en el fuego eterno de los aguijones, bebiendo su veneno de las copas de los arboles muertos. Hay fuego en mi mente y hielo en mi corazón. Monstruo. Transmutación, alquimia, venenos y perfumes. Frenesí. No puedo fijar la mirada. Lleno de ruido y furia. Este cuento es contado por un idiota, que soy yo en mi profunda estupidez, en el letargo tortuoso del tedio de la sempiterna retaliación. A este mundo he considerado cruel, cuando el cruel siempre fui yo.

-¿Podrás alguna vez perdonarme?

-Te perdono.

Andreievich

Andreievich

Permite que todo lo que

ha sido planeado se haga verdad.

 

Permíteles creer.

 

Y permíteles reírse de sus pasiones.

 

Porque lo que ellos llaman pasión,

en realidad no es ninguna energía emocional

 

sino tan solo la fricción entre

sus almas y el mundo exterior.

 

Y lo que es más importante,

eso les permite creer en ellos mismos.

 

Permíteles ser

desvalidos como niños,

 

porque su debilidad es una gran cosa,

y la fuerza no es nada.

 

Cuando un hombre nace,

es débil y flexible.

 

Cuando muere,

es rígido e insensible.

 

Cuando un árbol crece,

es tierno y dúctil.

 

Pero cuando está

seco y rígido, muere.

 

Rigidez y fuerza son

compañeros de la muerte.

 

Ductilidad y vulnerabilidad son

las expresiones de la frescura de ser.

 

Porque lo que se ha

endurecido nunca ganará.